tribuna

La patria de los canarios (I)

Por Marcial Morera* | Hablar de patrias en un acto como este y en las actuales circunstancias de la vida política nacional no deja de ser una temeridad.

No deja de ser una temeridad, en primer lugar, porque de patrias saben mucho más que yo, que soy un modesto estudioso de palabras, las autoridades presentes, que, con toda seguridad, habrán tenido que plantearse el problema de la suya (sea esta civil, castrense o celestial) más de una vez. En segundo lugar, no deja de ser una temeridad porque en una sociedad por razones históricas tan polarizada como la nuestra, con dos bandos irreductibles (el bando de los españolistas, con complejo de conquistadores, y el bando de los canaristas o indigenistas, con complejo de conquistados), se arriesga uno a recibir una pedrada a poco que no comulgue con las ruedas de molinos de sus planteamientos. No deja de ser una temeridad, en tercer lugar, por las violentas pasiones que levanta el tema de la patria en la sociedad española del día, tan dada a organizar brigadas patrióticas y antipatrióticas para descalabrar al rival político. Y no deja de ser una temeridad, por último, por la misma complejidad semántica y referencial de la voz patria, tan cargada de connotaciones ideológicas, sociales y afectivas. Sí, no cabe ninguna duda: pretender hablar de patrias en un acto como el presente constituye casi un suicidio. Pero la verdad es que ya es tarde para dar marcha atrás. No me queda otro remedio que apechugar con la ligereza de no haber pensado bien las cosas cuando el señor rector me encomendó impartir la lección inaugural del presente curso académico, y yo le manifesté, inopinadamente, que aprovecharía la ocasión para hablar de la patria de los canarios (y, por supuesto, de las canarias, aunque huelga decirlo, porque, como es de sobra sabido por toda persona medianamente culta, el masculino es genérico en español).

Dejemos, pues, las jeremiadas a un lado y vayamos al grano del asunto. ¿Qué es la patria? Pues cosas muy distintas, según el parecer, la sensibilidad y la ideología de cada cual.

Para unos, la patria es el lugar en que se ha nacido organizado en forma de nación, sea esta monarquía, república, dictadura militar o teocracia. Es lo que nos viene a decir la Real Academia Española en la primera acepción que recoge de la voz en su archiconocido diccionario: “Tierra natal o adoptiva ordenada como nación, a la que se siente ligado el ser humano por vínculos jurídicos, históricos y afectivos”.

Según esta versión, la patria se caracterizaría por tener fronteras, que hay que defender de los enemigos, ciudadanos, ordenamiento jurídico e historia, todo ello simbolizado en banderas e himnos más o menos intocables.

Para otros, la patria es la ciudad o la aldea en que se ha nacido, al margen de su organización política. Entre ellos, hay incluso quienes reducen sus dimensiones a la mínima expresión o a una mera anécdota de ella. Es el caso de nuestro compatriota Nicolás Estévanez, que declaró en unos candorosos versos, con más fama que calidad, que su patria no era ni el mundo ni Europa ni Canarias, sino la “dulce, fresca e inolvidable sobre de un almendro”. Y es el caso también de Borges, que llegó a decir que su patria era “un latido de guitarra, unos retratos y una vieja espada”.

Y, por último, nos encontramos con aquellos que sostienen que la patria del hombre es la lengua que usa para entenderse con el prójimo todos los días de Dios, y no la tierra en que nació, encuéntrese esta organizada políticamente o no. Es lo que pensaba don Miguel de Unamuno, que escribió que la patria de uno es allí donde resuena el verbo de su lengua. Y también el filósofo alemán Martin Heidegger, que consideraba que “el lenguaje es la casa del ser” y que “en su hogar habita el hombre”.

*Lección inaugural del curso académico de la ULL 2024-2025. Catedrático de Lengua Española de la ULL

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