tribuna

La patria de los canarios

Por Marcial Morera

Y, si por patria hemos de entender lo que esta palabra encierra en su alma de palabra, que es su significación invariante, no cabe ninguna duda de que los más atinados en la disputa que nos ocupa son el poeta vasco y todos aquellos que piensan como él. Tan arraigada se encuentra en el fondo del alma humana la creencia de que la patria es la lengua que se habla, que desde tiempos inmemoriales los hombres han establecido una diferencia radical entre aquellos que hablan como ellos, que consideran miembros de su tribu o patria, y los bárbaros, que no hablan, sino que chillan, gritan o farfullan.

Y por supuesto que, como las patrias nacionales, también las patrias idiomáticas tienen fronteras, ciudadanos, derechos, deberes, leyes, banderas, himnos, armas para defenderse, autoridades y unidad, aunque esas fronteras y demás no tengan nada que ver con las propias de aquellas.

Para empezar, hay que decir que las fronteras físicas de las patrias idiomáticas no están determinadas por accidentes del terreno, por decisiones políticas o por conquistas militares, como las fronteras físicas de las patrias nacionales, sino que están determinadas por la capacidad de entender al prójimo. El ámbito de las patrias idiomáticas abarca hasta donde sus ciudadanos son capaces de entender a los demás. Tampoco tienen nada que ver las fronteras temporales de las patrias idiomáticas con las fronteras temporales de las patrias políticas, militares o religiosas. Las de estas empiezan en el momento en que se pone en marcha el reloj de la historia de su pueblo. Las de aquellas, en el momento en que ha venido al mundo la lengua que las define. La historia de la patria de la lengua española, por ejemplo, no empieza con los Reyes Católicos, que es hito que suelen fijar algunos como punto de partida de nuestra nación, sino mucho antes. Empieza desde el siglo X de nuestra era, que fue cuando se oyeron sus primeros vagidos en el viejo condado de Castilla.
Igualmente, tampoco hay coincidencia entre los ciudadanos de las patrias idiomáticas y los ciudadanos de las patrias nacionales. Los de estas son ciudadanos jurídicos o de dogmas, independientemente de la lengua que hablen. Es una ciudadanía que se acredita mediante carné de identidad o pasaporte.

Los de aquellas son ciudadanos lingüísticos o de comprensión y entendimiento; ciudadanos que tienen la misma forma de organizar la experiencia. Su ciudadanía se acredita, no mediante cédulas de identidad oficiales, sino mediante el acento de su lengua, que los hace inconfundibles ante los demás.
El hecho que comentamos tiene, al menos, siete consecuencias de una importancia extraordinaria para la definición de la ciudadanía de las patrias que aquí nos ocupan.
La primera es que la ciudadanía idiomática no puede concederse de forma administrativa o política, porque es prerrogativa del individuo, no del Estado. No puede adquirirse de gracia o apoquinando vil metal, sino que tiene que ganarse con más o menos esfuerzo personal, aprendiendo el idioma de que se trata.
La segunda es que las gentes de las patrias idiomáticas no pueden renunciar a su ciudadanía a voluntad ni pueden ser desterradas de ellas, porque los estados mentales sólo se pierden cuando se olvidan o cuando el individuo desaparece. No se olvida cuando se quiere, sino cuando el tiempo borra los recuerdos de la memoria.
La tercera es que una misma persona puede pertenecer a patrias idiomáticas diversas sin caer en delito de traición o infidencia. En realidad, se pertenece a tantas patrias idiomáticas como lenguas se hablen. El gran Joseph Conrad nació en Polonia, sí, pero fue tan o más ciudadano de la patria de la lengua inglesa, en que escribió su siempre inquietante obra narrativa, que de la patria de su materna lengua polaca.

*Catedrático de Lengua Española de la ULL. Lección inaugural del curso
académico de la ULL 2024-2025.