Regeneración democrática no es vigilar a periodistas y a jueces ni intentar amordazar a los que no estén de acuerdo. Para esto es necesario aprobar algunas leyes y modificar otras, y por ninguna parte se ve un panorama de estabilidad que permita alcanzar ese objetivo. Si no se puede aprobar unos presupuestos, menos se podrá conseguir hacerlo con unos preceptos que vayan a coartar la libertad de los ciudadanos y de sus representantes políticos. Regeneración democrática no es culpar a la oposición, que por cierto cuenta con el mayor número de diputados, de no alcanzar los acuerdos que le niegan al Gobierno sus socios de investidura. Porque, cada vez que esto ocurre, deja de existir la tan cacareada aritmética parlamentaria. No reconocer este hecho y retorcerlo no es un signo de regeneración democrática, sino todo lo contrario. El único argumento que le queda al sanchismo es impedir por todos los medios que gobierne la derecha. Para eso, le conviene mantener a la ultraderecha como el leviatán que amenaza a toda Europa y al mundo en general.
Regeneración democrática es aceptar que las cosas son así, confiar en la Constitución y en los quórums reforzados que se exigen para alterarla, y dejar de sufrir tentaciones para quebrantar el paraguas que nos dimos en 1978, y no parecernos a Nicolás Maduro, al menos en las intenciones. Regeneración democrática no es engañar a todo el mundo y llamarlos traidores si protestan. Regeneración democrática no es dirigir el coro de la opinión y no permitir que exista otro que lo contradiga. Regeneración democrática no es desacreditar permanentemente a quienes no piensan igual, ni predicar que solo existe una razón aceptable, ni que la única solución a los problemas es la que nace a contrapelo desde el órgano que representa a la soberanía popular. Regeneración democrática no es ocultar las razones de Estado que nos obligan a variar nuestra posición en política internacional. Regeneración democrática no es ir comprometiendo la integridad constitucional a cambio de obtener apoyos en las cámaras. Regeneración democrática no es decir que se ha ganado cada vez que se pierde, minando la confianza y la credibilidad en unos ciudadanos cada vez más desolados. Regeneración democrática no es manipular los datos estadísticos en una operación de maquillaje que no se detiene ni para dormir.
Regeneración democrática no es enterrar a la mentira informativa de ayer para así mejor preparar la de mañana. Regeneración democrática no es acallar las voces críticas de la mitad de los correligionarios, condenados al ostracismo. Ninguna de estas cosas es regeneración democrática. Y si alguien pretende cambiarlo por otra cosa, será como el canto del cisne que morirá tras el último aleteo. Todo lo que planteo es ficción. Tan ficción como esa regeneración democrática que se anuncia igual que una vendetta contra todo lo que se pone en contra: las instituciones que garantizan el derecho de los ciudadanos a la libertad de expresión y a disfrutar de una justicia independiente. Y es ficción porque, si en el Congreso no hay mayoría para aprobar unos presupuestos, menos la habrá para esto.
