Y el rey de España terminó a la sombra del almendro

Felipe VI remata su discurso en el Parlamento de Canarias con un guiño al nacionalismo cargado de concordia y reconciliación

“Mi patria no es el mundo;
mi patria no es Europa;
mi patria es de un almendro
la dulce, fresca, inolvidable sombra”.

Así reza un poema inmortal de Nicolás Estévanez y Murphy, tan grato para cualquier nacionalista canario. Es tal el impacto popular de estos versos del poeta, militar y político español nacido en Gran Canaria en 1838, criado en Tenerife y fallecido en París por mor del exilio en 1914, que hasta la letra del himno oficial de Canarias empieza así:

“Soy la sombra de un almendro,
soy volcán, salitre y lava.
Repartido en siete peñas
late el pulso de mi alma”.

El rey Felipe VI concluyó esta semana en el Parlamento de Canarias su discurso -toda una loa a las Islas que entusiasmó a los presentes- con esta parte del himno.

Que Estévanez fuera ministro de Defensa en la I República y sospechoso de ser quien trajo desde Francia la bomba con la que Mateo Morral (anarquista, que tanto predicamento tuvo dicha ideología entre los años 20 y primeros 30 del pasado siglo justo en Santa Cruz de Tenerife) atentó contra Alfonso XIII, bisabuelo del actual jefe del Estado, honra aún más el gesto, sin duda histórico, de un monarca demócrata que ejerce como tal.

Porque lo mejor de la sombra del almendro es que bajo la misma caben todos los convencidos de que no hay mejor futuro que el futuro común.

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