Llegamos exhaustos a la desembocadura de este año de las guerras y la inteligencia artificial. Los expertos en otras vidas -tema repentinamente palpitante entre científicos del que habrá que hablar- aseguran que encarnarse en la Tierra es hacerlo en el lugar más denso y tenebroso de la galaxia, donde se localizan los personajes más duros de la película, o sea que bailamos con la más fea.
Y, como suena a ciencia ficción, uno acaba aterrizando aterrorizado en este campo de batalla terrenal, hasta mimetizarse con la proliferación de conflictos bélicos plagados de decenas de miles de muertos a la carta, una inusitada propensión a las pandemias y unos disparatados dirigentes, cuyos comportamientos delirantes conducen a pensar que el mundo (el nuestro) posiblemente se haya vuelto loco. Y eso abunda entonces, claro está, en la idea de que acaso sea cierto que hemos tenido la mala pata de habitar el planeta más deschavetado.
Algunas lecturas de determinados libros resultan esclarecedoras y nos devuelven a un ámbito de realidad que nos rescata de este metaverso truculento. Nexus, de Yuval Noah Harari, es una obra recomendable para salir a la superficie y respirar hondo fuera del océano de desinformación. Desconfía el autor (un historiador israelí que despegó hace diez años con su best-seller Sapiens: de animales a dioses) de las ilusas esperanzas de combatir el actual desorden en torno a la verdad con la ayuda de más información verídica, más datos irrefutables de lo que sucede. Harari, a la altura de lo que llevo leído, no se muestra nada optimista al respecto de esta otra guerra de la desinformación, esta suerte de bulimia del bulo y de bullying de la opinión pública, presa de indefensión informativa. Sobre esta torre de naipes se está construyendo una nueva barbarie con disfraz de abuela de Caperucita Roja.
Harari descree de las grandes redes globales que se están fraguando en torno a ideologías totalitarias, y llega a sugerir humildemente que nos armemos de voluntad y paciencia para la ardua tarea que les espera a quienes arrimen el hombro en aras del sentido común (una especie en peligro de extinción). No será fácil (quizá tampoco imposible) deshacer el trampantojo. En defensa de las caperucitas, se trata de desenmascarar al lobo.
Están pasando cosas, es cierto, algunas estremecedoras, que se encubren perversamente. A muchos nos ha terminado por preocupar que el hombre más rico del mundo, Elon Musk (leo con desasosiego su biografía más rigurosa, de Walter Isaacson, que ha escrito antes sobre Einstein, Steve Jobs y Leonardo da Vinci), se haya vuelto un hooligan rastreramente al servicio de Trump que da saltitos de marioneta, como un energúmeno, en el mitin de Butler, Pensilvania, el lugar del crimen, donde el republicano le vio las orejas al lobo cuando le pasó rozando la bala.
Asombra, desconcierta, asusta escuchar, entre brincos, decir a Musk que Trump es la única esperanza para salvar la democracia en Estados Unidos. ¡Trump, que instigó el asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021 (fecha grabada en nuestra memoria con punzón como el 23F de Tejero)! ¡Trump, que ha avisado de que si vuelve a la Casa Blanca será un dictador! Musk y Trump arañan la pantalla y asoman la cabeza. ¿Son de ficción? ¿Son de verdad? Encarnan el bulo de la bola que rota sin parar con nosotros dentro. El magnate del tupé y la X de toda la banda. Juntos sueñan con gobernar el mundo dentro de 21 días. Pasado mañana. Estamos en la cuenta atrás de las elecciones de EE.UU., el 5 de noviembre, el cohete satánico de SpaceX.
“¡Mentiroso!”, “¡hijo de perra!”, “¡mala persona”, son las expresiones que Joe Biden dedicó en privado a Netanyahu por sus arrebatos demenciales en las guerras de Gaza, Líbano e Irán, que libra, simultáneamente, en Extremo Oriente sin respetar las vidas de los cooperantes del chef José Andrés ni de los representantes de la ONU. Hoy sale el libro que contiene esas y otras revelaciones de la caótica trastienda política norteamericana, War, de Bob Woodward (el célebre periodista del caso Watergate).
Debemos estar preparados para cualquier cosa. En esa montaña rusa vivimos, hemos vivido y viviremos este año 2024, que está a menos de un trimestre de expirar. Porque pase lo que pase, por lejano que sea, ya sabemos que nos afecta a todos por igual en cualquier rincón de este hogar en llamas que acaba de declarar su primera guerra a los asteroides. Pero la Roca no caerá del espacio.
