En el marco del Estado social y democrático de Derecho, resultan pertinentes las investigaciones del profesor austríaco Christian Felber acerca de la economía bien común, también denominada economía del interés general. Una doctrina fundamental para reconstruir el mundo de la empresa, también de la política, desde los postulados del humanismo. ¿Qué pasaría, por ejemplo, si las principales compañías del mundo tuvieran que ser evaluadas acerca del grado de humanización y mejora de las condiciones de vida de sus empleados a partir de diversos indicadores? El profesor Felber, que parte de la centralidad de la persona, piensa que sería buena cosa, y no le falta razón, auditar la realidad económica. Se trata de un análisis en el que intervendrían todos los actores: empleados, usuarios, clientes, accionistas, proveedores, directivos… Felber lo denomina, en términos generales, auditoría del bien común y tiene una componente de orden constitucional y otra de dimensión más concreta. En la evaluación constitucional, se trata de conocer si los principales valores constitucionales del Estado de Derecho (la dignidad del ser humano, solidaridad, sostenibilidad ecológica, efectividad de los derechos humanos, transparencia o pluralismo) se fortalecen en la vida económica. Y en la auditoría sobre el terreno, se debería analizar la calidad humana de la empresa. Tales evaluaciones serían expresadas en términos cuantitativos, de manera que cualquier ciudadano, antes de consumir productos elaborados por tal o cual empresa, tendría la información pertinente acerca del grado real de compromiso de tal o cual empresa con los principales valores humanos. En cambio, un chequeo al bien común en el desarrollo y gestión de la empresa podría, si se hace bien, proyectar hacia el exterior, hacia los consumidores, el grado real de compromiso social que caracteriza a las empresas. Algo, desde luego, bien relevante e importante que la Responsabilidad Social Corporativa no ha conseguido, probablemente por ser una construcción tan formal como superficial. La economía del bien común, si se concreta de forma equilibrada y saca a flote la realidad de las empresas, puede hacer mucho en favor de una nueva forma de concebir la actividad económica, más acorde con la centralidad de la dignidad humana.
