Por Mari Nieves Pérez Cejas. | La RAE, que es sabia y define sin pudor todas las palabras, afirma, en su primera acepción que un fantasma es la “imagen de un objeto que queda impreso en la fantasía”. Sin embargo, la definición de este término no queda ahí y, si continuamos leyendo, nos encontramos con que esta palabra hace también referencia a la “persona envanecida y presuntuosa” y a toda una lista de sinónimos, entre los que aparece fanfarrón, fantasioso, fantasmón, fantoche o gallito. He de decir que la explicación de esta quinta acepción del diccionario real me tranquilizó, pues demasiados son los días en los que una sale a la calle y, a pesar de ir con la mirada despierta y los ojos bien puestos en la realidad, no se tropiece con algún fantasma.
A la mayoría de las personas nos gustaría pensar que los fantasmas no existen, que son construcciones que pertenecen al estadio de la imaginación, al lugar más recóndito y perdido de nuestro inconsciente. De hecho, la mayoría de las personas pensamos que la realidad es otra cosa, algo que tiene forma y que se ve y que puede tocarse, e incluso, olerse, “una existencia real, lo que ocurre verdaderamente”, apunta de nuevo el diccionario. La mayoría de las personas estamos convencidas de que cuando decimos, por ejemplo, sí, es eso lo que queremos decir, que no hay nada que se oculte detrás de esa palabra, no hay duda ni segundas intenciones, sino una afirmación clara y tangible, sin fantasmadas. Sin embargo, la cosa no es tan fácil y es que he de confesar que he visto fantasmas que se visten de hombre y que hablan, cuerpos con vida que gesticulan, que ríen, que discuten fervientemente como cualquier ser humano. Estos fantasmas viven en su propio mundo, un mundo paralelo que no es el nuestro, sino otro creado a su antojo, que siempre será más interesante, más único, más verdad, más suyo. Estos fantasmas dicen palabras opacas, llenas de sombras, de múltiples aristas, de esquinas que esconden significaciones ocultas tras una tilde o una ese o tras eso que un día dijo pero que al final, por supuesto, no dijo. Los fantasmas son así.
Sin embargo, el problema es que, tras tanto tiempo de cohabitar con nosotros, los fantasmas han aprendido a disimular, a disfrazar su existencia etérea. Cuando hablan de sus vidas, les gusta inventar, les encanta adornar la gris vulgaridad de lo cotidiano, y es que un fantasma no puede ser normal. Eso, lo sabe cualquiera, iría en contra de las leyes que rigen cualquier fantasía. Pero los fantasmas se atreven con todo, opinan, incluso, de política y, cuando lo hacen, se pintan un bigote, se anudan la corbata y se ponen serios porque, a pesar de las apariencias (y siempre hay que cuestionar las apariencias), los fantasmas siguen creyendo que un bigote y una corbata, sobre todo, el nudo de la corbata, pone mucho.
Y qué decir del fantasma enamorado que ya no es azul ni es príncipe ni monta a caballo. El fantasma enamorado se acerca despacio y te mira a los ojos, e incluso, te escucha, al principio, te escucha, y te dice guapa bajito, no vaya a ser que el piropo active todas las alarmas y puedas darte cuenta de la mentira que dice su boca, de las mujeres que esconde en su cama, del amor fantasía que hay detrás de las palabras que pronuncia y que hablan de confianza y compromiso. Todo eso dicen sus palabras llenas de poder, de una verdad que solo es suya, falacia inventada porque sabe que eso es lo que tocaba decir y que, cuando los micrófonos se apagan, vuelve la farsa ahora que nadie escucha, ahora que nadie mira, ahora qué más da, ahora solo soy yo y tú y este amor fantasma.
La mayoría de las mujeres creemos que el amor es otra cosa, que está lleno de verdad y de palabras auténticas, sin vuelos fantasmales sin mentiras. Así que cuando te acerques a una de nosotras, despréndete del humo, si es que sabes, no seas fantasma.

