Esta es una de las etapas más politizadas que se recuerda. Máxime, a menos de dos semanas de las elecciones del siglo. Ha habido épocas con mayor sensibilidad científica, artística o deportiva, si se quiere. La España de 2010 se dejó secuestrar por el fútbol, cuando era exclusivamente el opio del pueblo, y ahora que Iniesta ha colgado las botas se ha revivido aquella hipnosis colectiva proclive a beatificar a Vicente del Bosque cuando la Roja se proclamó campeona del mundo con el gol del mítico centrocampista.
Hay políticos, más allá de un carisma axiomático, que se ganan un hueco en la memoria de todos; incluso, a alguien con fama de indolente, que parecía efímero y pasajero, como Rajoy (tal cual pasaba con Leopoldo Calvo-Sotelo), fuera por su reticencia al rescate de la troika en la Gran Recesión o por salir con chándal a caminar deprisa, se le recuerda, una vez retirado, no como a Iniesta y Nadal, pero tiene su público y su añoranza.
Ahora mismo, hemos clavado la mirada en las elecciones del 5 de noviembre en Estados Unidos, conscientes de lo que está en juego ese día, que será el non plus ultra del año megaelectoral 2024. No es un duelo entre Kamala Harris y Donald Trump, sino un desafío de dos destinos, que nos incluye a todos. El 6 de noviembre, Occidente será progresista o de ultraderecha.
La última premio Nobel de Literatura, Han Kang, ha renunciado a alardes y ruedas de prensa. No está el horno para bollos, dice, con la que está cayendo en Oriente Próximo bajo las bombas israelíes y en Ucrania por obra y gracia de Putin. La autora surcoreana ha sido tildada, de inmediato, de woke (la tacha ultra favorita contra un progresista).
¿Hay, como siempre se dijo, una mentalidad de izquierda y otra de derecha? O sea, ¿existe una base morfológicamente neuronal? La ciencia dice que sí.
Según una investigación neurocientífica realizada en los Países Bajos, hay, en efecto, una amígdala conservadora y otra progresista. ¿Tal que así: una en el cerebro de Feijóo y otra distinta en el de Sánchez? En realidad, tenemos dos amígdalas, pero se las menciona en singular. La amígdala es una pequeña recepción en el cerebro (con forma de almendra) de miedos y amenazas. El electorado conservador la tiene más grande (la amígdala), prueba de un mayor volumen de temores sobre temas de seguridad.
Una amígdala mayor, en psicología, es señal de una personalidad miedosa, con la mosca detrás de la oreja, propia de la hipocondría y la ansiedad.
La amígdala progresista es más reducida, según el trabajo publicado en iScience, lo que obedece a un fenotipo menos aprensivo y, en cualquier caso, optimista. En las terapias contra la depresión -que está a la orden del día-, se busca la manera de disminuir el tamaño de la amígdala potenciando el hipocampo (que se ocupa del aprendizaje y la memoria). Cuando este se agranda, aquella se amengua: buena señal.
Vivimos una era de miedos infernales. De amígdalas más crecidas de lo normal. Esto explica que la inmigración, objeto de campañas inflamadas de recelos alarmantes, estimule tanto el voto conservador y, en particular, de la ultraderecha en Europa. Un chute de miedo no es nada inocente políticamente. Según la ciencia, es como ponérselas a la gente de corbata (las amígdalas) antes de acudir a las urnas. Trump es el paladín de los bulos para no dormir, y ahí están las encuestas.
Con las pistas que nos da ahora la neurociencia, se entiende mejor esta película de terror. Cobra sentido que los oradores ultras y radicales de derecha gruñan tanto en público y usen un lenguaje cargado de odio. Pues no debe quedar duda, cuando abren la boca, de que está en juego la vida individual y el único de fiar es ese que habla, el salvador de la patria.
Basta con un grano de sésamo de diferencia entre el grosor de la amígdala de un progresista y el de un conservador para que el ciudadano trague que el mundo se le va a caer encima. Y vaya con ese miedo en el cuerpo a votar.
