Nada invita tanto como el cariz de los acontecimientos a sumergirse en una pequeña burbuja confortable y afectuosa, como si, en medio de una pandemia, siguiéramos el tímido consejo de aquella primera ministra de Nueva Zelanda.
La feliz idea de las burbujas sociales se le ocurrió a la ingeniosa política socialista Jacinda Ardern, que aún no tenía 40 años (con 37 fue la jefa de gobierno más joven del mundo), cuando estalló la crisis de coronavirus (después de la COVID dimitió para cuidar a su hija). A bote pronto, parecía una sugerencia intrascendente, pero los resultados, que hicieron afable el confinamiento y ayudaron a redimir el contacto social, demostraron que era una sabia iniciativa, una cataplasma efectiva para vencer el aturdimiento.
Estamos en horas bajas, vaya que si lo estamos, en la cuenta atrás del escrutinio americano. Acaso no sea sino el reflujo de todos los males precedentes, y ahora penden unas cuantas espadas de Damocles sobre nuestras cabezas, como en un auténtico maleficio. Hablando con absoluta franqueza, la que se avecina no es plato de buen gusto. Hasta ahora había muchos fuegos de artificio, pero el duelo Kamala Harris-Donald Trump, dentro de una semana, es la hora de la verdad. En términos balísticos, esa es la espoleta.
Vale que la deformación profesional provoque este sobreexceso informativo, pero mensajeros y ciudadanos vivimos el 5 de noviembre yanqui como si fuera en casa, al margen del impacto real que tendrá para todos en la corta distancia.
Los periodistas de mi quinta, analógicos, de papel y todo lo que se quiera, hemos hecho tan campantes la transición digital, quedando expuestos, como decía Andrés Rodríguez, editor de Forbes España, en los Premios Taburiente de DIARIO DE AVISOS, a tener que “defendernos del exceso de información”. Y todos los días nos vamos exhaustos a la cama. Pero mucha gente de a pie, también. Y ese día, virtualmente, daremos un salto al otro lado del Atlántico.
Ya hemos asistido varias veces al simulacro del fin del mundo en los últimos años. Este es el cuarto del siglo en el que se puede ver la proyección continua de una película distinta con ese título reincidente. Está en la mente de todos. El menú de Gaza, Ucrania, Irán, Trump… y toda la saga de líderes perturbados y la de voceros que incendian las redes y parlamentos con el consiguiente mensaje apocalíptico de forma sistemática. Acodados en la barra y alcoholizados de malas noticias (malas a rabiar), estos días cogeremos un pedo mediático para olvidar las penas que nos aguardan cuando despunte noviembre y la distopía cobre cuerpo, si no pinchan los pronósticos.
Lo que apetece es levantarse de la butaca y salir a respirar aire fresco. ¡Que sea lo que Dios quiera! Ya nos hemos visto en situaciones límite otras veces y está la opción de refugiarse en las pequeñas cofradías de Nueva Zelanda: las burbujas sociales, círculos de confianza, para ir tirando hasta que escampe y cambie nuestra suerte. Ojo, los milagros existen.
Pensemos que en todas partes ahora mismo cuecen habas. En la Gran Recesión de 2008 (desatada por otra burbuja, pero esta del sector inmobiliario), afloraron reflexiones de este tipo, prontuarios sobre recetas simples de la vida para ir tirando. Creo que esa tendencia rebrotaría si el panorama la tienta.
De nada sirve especular si esta regresión política es un efecto secundario de la crisis financiera y la enfermedad del mundo o si, retrocediendo aún más, del 11S y la ola de apuñalamientos yihadistas en las calles antes de que la ultraderecha la cogiera con la inmigración. Pero que nadie se llame a engaño. No es España sola, que no haga alardes de convivencia, ni Europa, que está como está, ardiendo en fiebre, ni China, ni Rusia, que guárdame un cachorro: es un percance global, que se localiza, por último, en EE.UU., donde el próximo martes se librará la madre de todas las batallas (aquello que dijo de Irak Sadam Husein), en las elecciones del fin del mundo. Si no lo impiden las serendipias, nuestro clavo ardiendo.
