Todos los años compro el almanaque zaragozano. Me entretiene y me divierte. No lo hago para saber cuándo hay que podar la viña ni cómo se presenta la luna ni cuándo hay que regar los geranios. Viene lleno de refranes y dichos populares que hay que ir descubriendo entre los días del calendario. El de San Antonio también es interesante, sobre todo para ver las onomásticas, pero no tiene nada que ver. Este lo resuelve todo en una hoja mientras que el zaragozano es un librito lleno de sabiduría. Una de las sentencias curiosas con las que me tropecé decía: “Si ves a un pobre comiendo merluza, uno de los dos no está bien”. Esta verdad me ha servido para observar cosas cotidianas que muestran el contraste, el claroscuro tras el que se esconde la verdad. Todas las mañanas leo la prensa. No es como el almanaque, pero, prestándole atención, se le parece bastante. Hoy, por ejemplo, he visto cómo en Bolonia los repartidores de pizzas se juegan la vida para hacer su trabajo en medio de una alerta climática, con las calles inundadas y la televisión poniendo imágenes de la catástrofe provocada por las danas del calentamiento global. ¿A quién se le ocurre pedir una pizza cuando faltan unos minutos para que se acabe el mundo? Si nos vamos a ahogar, mejor será irnos con una napolitana en el cuerpo. El problema está en los repartidores, que son todos hijos de la inmigración y cobran entre 3,70 y 5 euros por reparto. También está Rita Maestre echándole un capote a Errejón, o mejor a sí misma por no haber denunciado, cuando dice que, como novio, era muy bueno y que volvía siempre a casa después de haber maltratado a una mujer, como buen misógino que era. De la sociedad patriarcal y de la influencia neoliberal no dice nada. Luego he buscado en El País el desmentido de Pedro Sánchez sobre sus posibles conversaciones con Aldama y nati de nati. Otros medios publican que, en una escala técnica en Omán, les dijo, a los periodistas que lo acompañaban, que con ese señor no había cruzado palabra. Lo curioso es que el día anterior, al ser preguntado sobre ese asunto en una comparecencia oficial, se salió por plataneras. ¿Cuál es la verdad? ¿Quién está mal, el pobre o la merluza? ¿Por qué no se declara también la alerta roja para los repartidores de pizzas? Todas estas preguntas me hago cada mañana para torturarme, como los ateos dudando sobre la existencia del cielo y del más allá. Sánchez ha salido a mojarse a favor de Sumar y dice que ha sido contundente, igual que él en el caso Ábalos. Para mí, contundente era un buen potaje o unas lentejas con chorizo, pero decir que se ha actuado de forma inmediata cuando todos sabíamos de qué iba la cosa hace meses y hasta años, más bien parece un caldito de pichón. No voy a colaborar para que el caso Errejón se convierta en el asunto político de la semana, sobre todo cuando el juez Moreno se ha pronunciado sobre lo de Aireuropa y todos callan. Lo de Errejón se sabía, y lo de Ábalos también, y las actuaciones ejemplares se quedan en nada en un ambiente donde impera la mentira desde el primer día. No existe nada mejor que comprobar lo que no dicen los periódicos amigos para saber donde está la verdad. Lo dicho, como asegura el almanaque zaragozano: “Cuando veas a un pobre comiendo merluza, uno de los dos está mal”.
