tribuna

Deporte o estudios, ¿por qué elegir?

Por Adela Gil Buscalioni.| Que el deporte es salud y que forma parte de nuestra cultura, nadie lo duda. Nadie cuestiona tampoco la importancia de practicar deporte por ser una herramienta vital para el desarrollo mental, emocional y social de las personas. Practicar deporte fomenta el hábito del esfuerzo y la disciplina, la capacidad de superación y de tolerancia, la perseverancia, el compañerismo, el trabajo en equipo, la cooperación, etc.; valores todos ellos básicos para la vida y para la construcción de una sociedad sana y respetuosa. Sin embargo, al parecer, la realidad es otra.

Cuando un deportista universitario pretende continuar su carrera como deportista profesional, compaginar ambas tareas resulta casi misión imposible. Si para cualquier estudiante la universidad supone un reto, aún lo es más cuando el alumno es un deportista comprometido, alguien que desea alcanzar el máximo nivel en la disciplina deportiva que ha practicado sin descanso desde la infancia. La carrera de un deportista lleva consigo un calendario repleto de entrenamientos y competiciones que, en muchas ocasiones, coincide con el horario de la universidad. Ante esto, la universidad responde con una rigidez burocrática que obvia la situación personal del deportista, constantemente en la tesitura de elegir entre el deporte o el estudio. Frente a esta disyuntiva, la elección termina siendo la que la sociedad y la familia considera la más práctica y funcional: “la seguridad de estudiar frente a la incertidumbre de una carrera deportiva”.

La universidad debe ser permeable a la realidad del deportista profesional, aquel que no puede bajar el ritmo de entrenamiento si quiere permanecer en el nivel que le exige su deporte. Y ya sabemos que, tanto para estudiar como para entrenar, el tiempo es oro. Los estudios universitarios demandan una presencialidad del 65%, porcentaje que puede elevarse incluso al 80%. ¿Cómo puede un alumno deportista hacer frente a esta realidad? ¿Cómo reparte su tiempo si el tiempo es solo para la universidad? ¿Dónde queda el tiempo para el deporte, pilar principal de una sociedad que no se cansa de reivindicar su importancia? ¡Cuánta incoherencia! Al no poder asistir de forma continuada a clase, la única alternativa posible es acudir a la convocatoria única, es decir, “jugarse todo” en un único examen, porque da igual que el estudiante aproveche los huecos que el entrenamiento le deja y logre acudir a clase uno, dos o tres días a la semana, da igual, porque nada contabiliza para la nota final, ni el esfuerzo de estar, ni las prácticas, ni las exposiciones, ni siquiera los trabajos que haya podido presentar.

Que nadie se confunda. No estamos hablando de que para el estudiante deportista la universidad debe ser un regalo. No. No se trata de eso. Se trata de tener en cuenta esta realidad, de ofrecer facilidades que posibiliten que el alumno no se aleje del deporte profesional, al mismo tiempo que pueda abordar, con las mismas obligaciones, pero también con los mismos derechos, una carrera universitaria. Pongamos algunos ejemplos sencillos que podrían tenerse en cuenta: menor porcentaje de asistencia presencial obligatoria, posibilidad de aplazar los exámenes si coinciden con competiciones deportivas, derecho a la evaluación continua. Es decir, ajustar ambos calendarios, el académico y el deportivo. El deportista debe sentirse valorado y no marginado, pero, por encima de todo, debe sentirse comprendido, debe sentir que la sociedad es capaz de entender la presión a la que están sometidos, siempre entre el estudio y el deporte, exprimiendo un tiempo que no poseen.

Quienes estén leyendo este artículo pensarán que ya existe un programa en el BOE que facilita a los deportistas la realización de estudios universitarios, sin embargo, se equivoca. Ese programa apoya solamente a los deportistas olímpicos y de alto rendimiento. Qué ironía, ¿verdad? Porque para llegar al deporte profesional y ser deportista de élite, es necesario pasar por categorías inferiores semiprofesionales. Si queremos que algunos deportistas alcancen ese nivel, necesitamos una pirámide enorme de deportistas que opten a conseguirlo.

Además, hay que añadir que, si ese deportista tiene que desplazarse a otra comunidad para crecer deportivamente, algo muy frecuente en Canarias, o porque ha fichado por un equipo de mayor nivel (por ejemplo, en el fútbol), nos adentramos en un terreno farragoso, puesto que nos enfrentamos a tediosos problemas administrativos como son el traslado de expediente académico o las convalidaciones de créditos aprobados. Es decir, el alumno que en tercero o cuarto de carrera cambia de universidad (siempre dentro de territorio español), ya ha aprobado unos 120 créditos aproximadamente (lo que equivale a 20 asignaturas). Sin embargo, no logra convalidar muchas de las asignaturas que ya ha cursado porque cada universidad tiene un plan de estudios diferente. ¿Qué lógica tiene que no se convaliden estos créditos cuando se trata de la misma carrera? Nuevamente estamos penalizando al deportista puesto que tendrá que realizar más asignaturas que otro estudiante que no tiene la necesidad de cambiar de universidad.

Soy tenista. He dedicado a este deporte gran parte de mi vida. Hace treinta años, cuando me dedicaba profesionalmente al tenis, me vi envuelta en una situación similar. ¿Cómo es posible que no haya cambiado nada en este país? ¿Cómo es posible que se “castigue” y no se premie el esfuerzo de estos jóvenes? ¿Cuándo apoyaremos de verdad, con medidas concretas y alternativas reales, a quienes en edades tan tempranas deciden voluntariamente dedicar su tiempo al estudio y al deporte profesional? ¿Por qué estudiar y dedicarse profesionalmente al deporte se convierte en misión imposible? La situación que viven y sufren los deportistas universitarios en la actualidad me resulta incomprensible. Si queremos mejorar nuestra sociedad, comencemos por valorar el esfuerzo. Valoremos de verdad a nuestros deportistas.

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