Ya desde el primer día y la primera noche de la tragedia, sin agua potable ni luz, y con los saqueadores asaltando impunemente las tiendas y cuanto podían, una periodista valenciana hizo una afortunada comparación. Recordó que la Virgen de loa Desamparados es la patrona de Valencia, y que así estábamos los ciudadanos de una de las primeras economías europeas. Un anuncio del ministerio de Hacienda afirma que los impuestos que nos cobran vuelven en forma de prestaciones de las diferentes Administraciones Públicas, en forma de Estado. Pero en ese primer día y esa primera noche la afirmación era un sarcasmo cruel; un sarcasmo que dio lugar a un lema que todos han repetido estos días insistentemente: solo el pueblo salva al pueblo. En todas partes la afirmación era la misma: por aquí nadie ha venido a ayudarnos, solo los voluntarios. Porque los voluntarios fueron los únicos que se organizaron, junto a algunos alcaldes y alcaldesas, y consiguieron que la situación no fuera todavía a más y colapsara. La petición de que el ejército interviniera era unánime, pero el ejército en esos primeros días se redujo a la Unidad Militar de Emergencias.
Este caos tiene su origen y un responsable en la actitud del presidente valenciano, absolutamente sobrepasado por los acontecimientos, y que ha puesto de manifiesto una absoluta incompetencia en la gestión. Solo al tercer día solicitó la intervención del ejército pidiendo quinientos efectivos, una cantidad que al día siguiente elevó a cinco mil, no se sabe en virtud de qué criterios. Sin embargo, después se ha contradicho y ha afirmado que las competencias sobre las fuerzas armadas corresponden al Gobierno central. Tampoco ha explicado por qué dio la alarma el martes a las siete de la tarde, con las inundaciones ya desatadas, cuando podía haberlas dado desde las siete de la mañana. Todos sus esfuerzos se dirigían a asegurarse la dirección de todo el operativo y mantenerse en el nivel 2, evitando el nivel 3, que le hubiera dado la dirección al Gobierno estatal. Pedro Sánchez aceptó ese planteamiento rehuyendo el conflicto competencial y no declarando el estado de alarma posiblemente por el precedente de la sentencia del Tribunal Constitucional que declaró inconstitucional la declaración del estado de alarma a causa de la pandemia.
El colmo de los despropósitos y de los errores políticos ha sido la visita real y de los presidentes, una visita que generó una gravísima alteración del orden público que puso en peligro a los reyes y que pudo tener consecuencias físicas también graves para el jefe del Ejecutivo. Los políticos sobraban, pero la presencia real también porque la cantidad de gente que genera su seguridad estorbaba y ponía de manifiesto que podían desplazarse hasta caballos con medios que el común no disponía.
Quedan muchas responsabilidades políticas que depurar y muchas explicaciones que dar, pero habrá tiempo para eso. Nuestros políticos y nuestros partidos deberían seguir el ejemplo de cientos y cientos de voluntarios que, sin pedir nada a cambio y, por supuesto, sin preguntar a qué partido vota cada uno, se han volcado en ayudar. Ojalá sirva para hacernos pensar un poco a todos. Aunque, a la vista de nuestro pasado, no somos muy optimistas al respecto.
