Por Marcial Morera* | Los primeros europeos en viajar a las Islas Canarias con la intención de establecerse definitivamente en ellas fueron los cientos de normandos que trajo consigo el viejo conquistador Jean de Béthencourt, a principios del siglo XV, y que distribuyó en distinta medida por las tierras de Lanzarote, Fuerteventura y El Hierro, como indican explícitamente sus capellanes Boutier y le Verrier en Le Canarien, primera crónica de la conquista del Archipiélago: “Alojó a los que había traído consigo (…), 120 en la isla de el Hierro y a los demás en la isla de Fuerteventura y en la isla de Lanzarote. Y le entregó a cada uno una parte y pedazos de tierras, de casas y moradas, viviendas, a cada uno como mejor le pareció y según lo merecía”.
Prueba indubitable de la presencia de estas gentes del norte de Europa en territorio insular lo constituye el puñado de apellidos (Perdomo, Marichal, Melián, Armas, Umpiérrez, Berriel, Pícar, Betancor (Betancourt)…) y de topónimos (Betancuria, Valle de Santa Inés, Riche Roque, Rubicón…) que dejaron desparramados por la geografía de las islas orientales, principalmente. De los elementos citados, destaca, sobre todo, el apellido Betancor (Betancourt), que alcanzó una extensión enorme, por la gran cantidad de majos que lo adquirieron al ser apadrinados en su bautizo por quien los había conquistado. De Fuerteventura y Lanzarote, principalmente, se extendió este apellido tan singular por todo el mundo, principalmente por las Canarias centrales y América, lo que no deja de ser una prueba más tanto del importante papel jugado por estas dos islas en la conformación de la sociedad insular como de la importancia de toda Canarias en la conformación de la sociedad americana.
¿Qué lengua hablaba esta gente ávida de aventuras y riquezas que se estableció en Canarias cuando apenas había echado a andar la Edad Moderna? Pues la lengua francesa, en su variante de la Baja Edad Media, de lo que podemos deducir varias cosas. Primera, que fue el francés la primera lengua del viejo continente en adaptar a los patrones de las lenguas indoeuropeas las viejas palabras guanches que necesitaban los invasores para designar la realidad insular recién conquistada. Segunda, que fue el francés la lengua que se usó para bautizar los lugares, los accidentes del terreno y los elementos de la flora y de la fauna que no tenían nombre autóctono, además de la que se usó para designar las nuevas técnicas de cultivo y de explotación de los recursos que demandaba la incipiente sociedad. Así, a las tantas zonas de terreno volcánico de la geografía insular dieron estos advenedizos el nombre de mouvais país; a las veleras arenas blancas de sus playas y barrancos, el de sable; a las extensas excavaciones que había que hacer en el terreno para recoger la tan ansiada agua de lluvia, el de marette; a los particulares cactus de troncos alargados y látex corrosivo que tanto abundan en los pedregales insulares, el de chardon; a los sabrosos pajeles que pescaban en sus aguas, el de pageot; y a las modestas herramientas que servían para las labores de cada día, el de outil. Y tercera, que fue el francés la lengua en que se redactaron los primeros documentos de la historia de Canarias, como el citado Le Canarien. Aunque fuera de forma muy fugaz, la historia de Canarias empieza no con la lengua castellana, sino con la lengua francesa.
Cuando, a partir de la segunda decena del siglo XV, las islas pasan de manos normandas a manos españolas, la lengua de los viejos franceses empezó a languidecer, por la competencia que le hacía la lengua de los nuevos amos, que era el castellano, pasado por Andalucía, convertido de hecho en la lengua oficial de la colonia. Hasta tal punto afectó esta circunstancia a la lengua de los normandos, que, según Pedro Mártir de Anglería, cronista de los Reyes Católicos y de Carlos V, tras un siglo largo de canarización, a principios del siglo XVI ya habría desaparecido enteramente del territorio insular, aunque no sin haber dejado ciertos ecos en la de su rival, que retuvo algunas de las palabras citadas más arriba, aunque convertidas en maipé (malpéis, malpaís) ‘terreno cubierto de lava o materiales volcánicos’, jable ‘arena blanca de playa o barranco’, mareta excavación grande hecha en el terreno para recoger al agua de lluvia’, cardón ‘especie de euforbiácea endémica de las Islas’, payete ‘bocinegro pequeño’ y atriles ‘utensilios que sirven para el uso manual y frecuente’, para adaptarse a sus patrones fónicos, gramaticales y léxicos. De las mencionadas islas orientales, viajaron algunas de ellas al resto del territorio insular, a América e incluso al español general, donde terminaron experimentado algún que otro cambio de sentido más o menos drástico. Así, la forma jable, por ejemplo, que adquirió en La Palma y El Hierro el sentido inédito de ‘arena volcánica’; la voz mareta, que se convirtió en Gran Canaria en ‘estanque hecho de mampostería’; la voz payete, que devino en ‘pargo pequeño’ en algunos lugares de Tenerife y de La Palma y en ‘breca pequeña’ en algunas zonas de Gran Canaria; y la voz malpaís, que se especializó en el sentido de ‘campo de lava reciente, con una superficie tortuosa, estéril y árida’ en el campo de la Geología, según indica la Real Academia.
*Académico fundador de la Academia Canaria de la Lengua
