La desaparición de la UCD y el fracaso del CDS obligó a la Alianza Popular, de Fraga Iribarne, a un viaje al centro que no ha concluido todavía, y a una refundación como Partido Popular. Y ya desde su fundación, el Partido Popular se caracterizó por la guerra fratricida permanente que se desarrolla en su interior, una guerra en la que las fracciones en conflicto se comportan como feroces e implacables enemigos: Rajoy contra Aznar; Cospedal contra Soraya; Ruiz-Galladón contra Esperanza Aguirre; Casado y García Egea contra Díaz Ayuso; Núñez Feijóo contra Casado; todos contra el tesorero Bárcenas; los valencianos de Camps contra Camps; y así sucesivamente. Y la tragedia de Valencia ha puesto de manifiesto que Feijóo y Mazón no mantienen precisamente una buena relación. Por si fuera poco, algunos de los militantes populares de la derecha más radical se escindieron en un nuevo partido, Vox, sin contar con el cual no parece posible plantearse gobernar ni en el Estado ni en las autonomías, porque se ha convertido en la única alternativa de pacto viable para Feijóo.
El presidente de los populares ha defraudado las expectativas que despertó su desembarco en Madrid después de sus repetidas victorias electorales gallegas. Y pronto se comprobó que el escenario político nacional es muy diferente y que el nuevo presidente repetía la mediocridad e incompetencia de Rajoy. Su primer disparate, cuyas consecuencias está todavía sufriendo, fue autorizar los pactos con Vox para alcanzar el poder en varias comunidades, unos pactos que lo aislaron políticamente, que convirtieron a Vox en su única posibilidad de pacto e hicieron imposible renovar sus alianzas tradicionales con las derechas vasca y catalana. De hecho, convirtieron al partido en el enemigo a batir de todos los nacionalismos y propiciaron el Gobierno de Pedro Sánchez de todos contra el Partido Popular. Vox es una rémora que no aporta nada, sino todo lo contrario, y que obliga a los populares a adoptar políticas y decisiones que lo separan de su electorado moderado de centroderecha, su fuente natural de votos.
El segundo y definitivo error ha sido rendirse a los deseos de Carlos Mazón y comprometer a todo el partido en su defensa. Mazón es un cadáver político que intenta sobrevivir entre mentiras y medias verdades, y con miles de ciudadanos exigiendo su dimisión en las calles comprometer al partido en su defensa es suicida, y menos con esa cursi y ridícula frase de que, después de oírlo, nos sentiríamos parcialmente reconfortados con la política y los políticos. Frase típica de Feijóo, que está demostrando ser tan mediocre e incompetente como Mazón y su gente. Los socialistas han ofrecido sus votos para sustituirlo por un candidato de consenso y perfil técnico.
Se están advirtiendo preocupantes muestras de descoordinación en las iniciales tareas de reconstrucción, la que Mazón pretende dirigir; sería la seguridad de su fracaso. Ahora bien, la crítica a Mazón no nos hace olvidar el comportamiento de Pedro Sánchez, que dejó deteriorar la situación sin declarar la emergencia nacional ni elevar a nivel 3 la alarma, con Teresa Ribera ausente en Bruselas pendiente de su cargo europeo y su secretario de Estado de Medio Ambiente en Bogotá. Ministra a tiempo parcial la han denominado algunos. Tampoco fue muy reconfortante.
