Por Mari Nieves Pérez.| Vivo en una calle silenciosa. Es una calle secundaria, por lo que apenas circulan coches. No hay ruidos. Sin embargo, al final de la calle, justo en la esquina, hay un bar. Un bar de esos en los que solo suele haber hombres. El bar tiene una terraza. Es pequeña, pero han puesto algunas mesas en las que sentarse a tomar café o vino o cerveza, porque a veces para beber no importa la hora del día que sea, sino las ganas y la recurrencia de la sed. Desde mi casa no veo la terraza, pero la oigo, sobre todo, las tardes de domingo, cuando, tras la siesta y aún en el desperezo, me siento en el sofá, que es calma y lectura, y leo. Leo disfrutando, porque mi calle es silenciosa y los domingos todavía más.
Nunca sabré qué ocurre los domingos, pero parece que todo se detiene y el tiempo camina lento y la vida es más triste o más feliz, según se haya despertado el día. Sin embargo, hoy la lectura se vuelve densa. Termino el párrafo y tengo que volver a empezar porque confundo lo leído, como si no fuera capaz de dedicar el tiempo justo a cada palabra. Y es que algo me molesta y no soy yo. El ruido viene de fuera en forma de gritos, de risas que son carcajadas incómodas. Pienso que es domingo y que los domingos son para la calma, así que vuelvo al mismo párrafo y me detengo en cada frase hasta que, otra vez, el ruido. Madre mía, pienso, sin entender la insistencia de este alboroto, de esta charla gritona de unas voces que parecen multitud. Harta de releer lo mismo, me asomo a la ventana, me alongo todo lo que da mi cuerpo y, a lo lejos, logro distinguir la terraza en la que dos hombres y veinte cervezas hablan y gesticulan como si ellos dos solos fueran todo un gentío. Me asombra la intensidad y el tamaño del ruido que generan. A pesar del calor de la tarde, cierro la ventana y enciendo la tele porque ya se me han quitado las ganas de leer.
Me cansan estos bares donde solo hay hombres. Lo digo en alto hasta que el recuerdo me trae la voz de él diciéndome que ya estoy otra vez con estas tonterías, ocurrencias viejas de mujeres como si en la puerta del bar hubiera un cartel que nos prohibiera la entrada. Un bar es solo un bar, dice él. Y es verdad que no hay un cartel que diga prohibido pasar si vienes sola, no hay un cartel que diga, tú no entres, mujer, que esto es de nosotros los de siempre y, además, ese culo, nena, que buenorra que estás. Pero no se trata de prohibir, se trata de sentir. Y de eso él no sabe. Él no sabe porque él no es la mujer que decide entrar sola a un bar de esos de hombres y se sienta en la barra y, además, se pide una cerveza. Y se la bebe, ella se la bebe, a pesar de ser un bar de esos donde solo hay hombres. Y, al salir, ve que no hay un cartel que le prohíba la entrada, sin embargo, ella sabe, ella “siente” que no volverá a entrar.
Dicen que los tiempos han cambiado y que hay leyes y normas y novios y todos los ex hartos que dicen que no puede ser que sigamos quejándonos en femenino, que ya está bien, que para nosotras todos los derechos y que así la cosa no va. Eso dicen y eso me repite la voz una y otra vez. Vaya. Todo este vaivén me ha roto la tarde. Y, además, el calor que insiste. Así que apago la tele y decido salir, y es que, a pesar de que esa retahíla no me convence, me deja pensando y reculo en mis convicciones y vuelven los quizás, las adversativas, todas las conjunciones juntas, los pero y los si no y, aunque no estoy del todo convencida y tengo mucha sed y hace calor y aún es pronto, decido entrar al bar del ruido y sentarme en la barra y pedir una caña bien fría, por favor, porque da igual que sea noviembre. Bebo, intento disfrutar de la cerveza pero no sé si es la calima o una mosca pegajosa o mis labios rojos o mi pelo largo o corto. No lo sé porque en el bar los hombres ríen y algunos sonríen mientras todos dirigen su mirada al mismo sitio. Me pregunto qué estarán mirando, qué habrá interesante para que el hombre que entra y el que sale detengan la vista en el mismo lugar que resulta ser el de la mujer que soy yo y está sentada en la barra con las piernas cruzadas y la cerveza casi lista.
Dicen que los tiempos han cambiado, así que salgo del bar siendo, sin querer, sin saber y para siempre, una de esas mujeres que entran en uno de esos bares donde solo hay hombres

