La seguridad jurídica, como es bien sabido, es principio esencial, esencialísimo, del Estado de Derecho. Este principio es corolario del valor superior de la seguridad en la medida en que la sumisión a unas reglas jurídicas conocidas de antemano por todos los operadores jurídicos facilita la buena fe en el tráfico jurídico y dota a las relaciones jurídicas de la fortaleza, estabilidad y certidumbre necesarias para la armonía social. Hoy, en tiempos de uso alternativo del poder, y también del Derecho por mor de la irrupción de las ideologías cerradas que tanto dañan la juridicidad, la separación de los poderes y la centralidad de la dignidad humana. En efecto, si no hay confianza en la previsibilidad, en la predictibilidad del Derecho, si no hay certeza o certidumbre jurídica, el propio Estado de Derecho acaba perdiendo su consistencia y su solidez, tal y como lamentablemente acontece en el tiempo en que vivimos, en el que quien tiene el poder tantas veces se arroga la capacidad de cambiar caprichosa e irracionalmente las normas en su propio beneficio a partir de la instrumentalización de la soberanía popular. En plena pandemia, sin que haya justificaciones a tal proceder, tal fenómeno lo pudimos verificar a diario incluso en democracias acrisoladas y sólidas. La técnica normativa, además de regir la forma de elaboración de las normas jurídicas, debe mantener una indisoluble alianza con los más básicos aspectos materiales de la producción del Derecho en orden a la búsqueda de la calidad normativa. La forma y la materia, también en lo normativo, han de caminar de la mano pues don dos caras de la misma moneda, se necesitan y deben presentarse en un contexto de equilibrio dinámico. Es más, si únicamente subrayamos lo procedimental, en lo formal, o si sólo nos fijamos en lo material, en los valores, caeríamos irremediablemente en dos excesos hoy a la orden del día: el esencialismo, por una parte, o el formalismo, por la otra. Por eso, la integración armónica y equilibrada entre materia y forma, enseñada hace siglos por el maestro Aristóteles para la realidad física, tiene en el tiempo presente una gran relevancia y, cuando se desconoce, acabamos presos del doctrinarismo o del positivismo, hoy bien presentes en la discusión sobre esta cuestión, lamentablemente a la orden del día en un Estado en el que el poder ha sustituido a la razón, con las letales consecuencias que de ello se deriva.
