En la página del primer libro creado por los seres humanos, el copista reveló la información fidedigna: el ángel que, de improviso, se segregó de los cielos y cayó de frente sobre la faz de la tierra. ¿Por qué Dios se concedió semejante prodigio? Tal estrago acaeció para ser ejemplar y ser reconocido. Y, por ello, el serafín nombró punto por punto lo que hubo de repetir para sí desde ese día, en todas las pruebas superadas en el concilio con el mundo de los nacidos frente a las reservas de lo eterno. Pues se vio obligado a pisar el suelo cual desconocido y perdido. Transitó por el desierto, visitó los oasis en busca del agua fresca y límpida, bebió y volvió a la arena en sondeo de los caminos que lo devolvieran a su casa. Que no encontró. Así que visitó las ciudades y vivió entre los pobladores de las ciudades. Remató la casa que habitó con empeño, se distinguió en los oficios que lo colmaron, de carpintero a soldado y banquero. Pudo engañar a los hombres pero se abstuvo por piadoso. Pues decidió sumas con el caudal que atesoró y prestó y cobró; blandió espadas en las batallas que coronaron la enjundia de los días: en las Termópilas, los hierros contra los persas; en el sitio de Tiro; en Gaugamela, con Alejandro El Grande… Nunca fue un general, nunca fue un conquistador, nunca fue un presto avaricioso que se aprovechó de la devastación. Era un ángel, pese a haber caído, y por eso luchó del lado de quien luchó, caro Altísimo. Y así se dijo en el mucho tiempo al que el Excelso lo transfirió y hubo de vivir del mejor modo que supo vivir como los hombres. De manera que no le pareció importuno, luego de transcurridos los años que aprendió a contar, constatar el término, el final del recorrido entre la especie humana que no lo reconoció porque jamás le dio nombre a lo que lo condicionaba, pues no era apóstol, no pretendió abrirle los cielos a los infieles; era un sumiso servidor y eso conforma y confirma. Tal mesura fue la que dio a entender en el camino por la Tierra: una travesía titánica entre los extraños que, de seguir, no tendría término y que acabaría por negar a su Señor, o parar a fin de recuperar el rostro de quien lo concibió. Y ya era la época, se dijo. Se apostó en la montaña más alta cara al cielo, en pleito fluido contra el rostro de su Hacedor. Ya he recorrido el mundo de los mortales, mi Creador, ya sé qué significa la falacia de los días, el terror de las noches, el clamor de la comida, el ardid disperso de la bebida, el roce de los cuerpos, las sombras de la fortuna, el robar, el ultrajar, el lamentar, el matar y el resolver el signo ingente del cautiverio. ¿Cuánto me resta, mi Dios? Resta Cristo, dijo; con él regresarás.
