Por Rafael Torres. | Sólo hay un árbol más odiado que el eucalipto por los mastuerzos: el pino. Al pino, que no puede defenderse, se le acusa de todo lo habido y por haber, de desertificar el suelo, de estar donde no debe, de arder como la estopa a la mínima, y, sin embargo, el pino es un árbol maravilloso. Más de doscientos pinos muy jóvenes fueron arrancados brutalmente la otra noche en un retamar degradado a las afueras de Madrid, sólo los pinos, ningún otro árbol, planta o arbusto del ralo descampado. Las víctimas del salvaje atentado estaban allí para regenerarlo, y eran los supervivientes de los seiscientos de la plantación en la que había colaborado la Escuela de Montes de la Universidad Politécnica de Madrid. El investigador Sergio de Frutos, implicado en la operación de restaurar lo que en su día fue una arboleda y luego un yermo, ha calificado el móvil del suceso de una manera tan brillante como desoladora: “Racismo forestal”. Y es que, en efecto, el pino es víctima del odio con el que un falso ecologismo, de consumo rápido, de tres al cuarto, ha ido labrando su mala fama en las últimas décadas. El racismo es siempre perverso, también el forestal. Los pinos, además de poseer una gran belleza y proporcionar abrigo y alimento a la fauna silvestre, tienen la capacidad de absorber CO2 como ningún otro, contribuyendo poderosamente a reducir los gases de efecto invernadero. Los falsos ecologistas (sólo los falsos pueden odiar a un árbol) le tienen declarada, desde hace mucho, la guerra al pino, y la otra noche algunos de éstos tarambanas que, por lo visto, no tenían cosa mejor que hacer, mataron a doscientos, a todos los que había tratando de devolver la vida a una tierra muerta. Racismo forestal. Tan perverso como cualquier otro.
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