Por Charo Zarzalejos.| Por trepidante y agotadora que sea la vida política, por muchas luces que adornen las ciudades, por música que exista, por reclamos publicitarios que se inventan, por mucho que en estas fechas nuestras calles se desborden de gente y de compras, por mucho que… estas fechas navideñas tienen algo, o mucho, de especial. Como en todo, habrá excepciones, pero la inmensa mayoría de hombres y mujeres, viejos y no tan viejos, no podemos escapar a nuestra memoria, a lo que fuimos y lo que somos. Un pequeño pellizco se nos instala a ratos en nuestro estómago. Inevitable una cierta nostalgia. Son fechas en las que se celebran las presencias pero las ausencias se hacen más vívidas que nunca. En todas las mesas, de ricos y no tan ricos, hay sillas vacías ocupadas en otro tiempo por nuestros seres queridos que cuando éramos niños les creíamos inmortales. Ahora ya sabemos que nadie es eterno. En mayor o menor medida hay una cierta tendencia a volver a la infancia. Ese tiempo en el que solo existe el presente, en el que nuestros padres, llenos de vida, ponían el árbol y el Belen. Nos llevaban a ver a los Reyes y al llegar a casa el aroma a canela nos decía que eran días especiales. A muchos nos falta más de un ser querido, muy querido, y les veremos a todos ellos sentados a nuestro lado. Las sillas estarán ocupadas por el recuerdo inamovible de aquellos a los que amamos y ya no están. No es malo ni negativo dar paso al recuerdo, a la nostalgia. Lo malo es no tener nada que recordar. Lo malo es el dolor y el horror que asola parte de nuestro mundo. Hay demasiadas sillas vacías
NOTICIAS RELACIONADAS
