en la frontera

Dignidad y filosofía

Desde el punto de vista de la historia de las ideas, la dignidad, al predicarse del ser humano, se hace con el fin de distinguirlo, por sus cualidades, tanto en la cultura oriental como occidental, del resto de la naturaleza. El cristianismo, fundamentalmente, eleva el sentido de la dignidad del ser humano al fundarlo nada menos que en la imagen y semejanza del Creador de quien se considera hijo y causa de su redención. Aristóteles, con su entendimiento de la naturaleza como modo de ser propio y específico del ser humano, lo que le hace único y diferente a los demás seres, capta el sentido de lo que es la dignidad, que precisará de la aportación del concepto de sustancia. Concepto que permite entender al ser humano como persona. Boecio dirá más adelante, en una de las mejores definiciones de persona, que es la sustancia individual de naturaleza racional, donde ya apunta a la principal seña de identidad de la dignidad humana, la racionalidad intrínseca del ser humano. En todo caso, en la Edad Media encontramos luces en el proceso de definición de la persona y su dignidad en cuanto ser creado a imagen y semejanza del Creador. Y sombras que se refieren al vasallaje, a la dominación sobre la mujer y a la profunda desigualdad imperante en una sociedad con estamentos muy rígidos. En la Edad Media, por tanto, encontramos una visión abierta y trascendente de la dignidad humana. El tomismo parte de la unión entre cuerpo y alma, que se encuentran sustancialmente conectados. Y a partir de esta consideración entiende que la dignidad es lo propio de la persona, algo absoluto, radical que pertenece a la esencia misma de la persona. Algo que, en este tiempo de mercantilismo, utilitarismo y radicalismo, se convierte, qué pena, en una mercancía que se compra y se vende o, todo lo más, en objeto de usar y tirar cuando ya no sirve.