tribuna

El asesinato de ‘La Casa del Barco’

Todos hemos visto en la Carretera General del Norte, a su paso por La Matanza de Acentejo, en la zona hoy conocida como Caballo Blanco, una casa desconchada y de singular estampa. Se erige en forma de triángulo isósceles, aprovechando el espacio que dejan la confluencia en diagonal de la citada vía con una calle ascendente, dibujando una silueta que recuerda a la proa de un barco. Pero lo que los transeúntes puede que desconozcan es que tras aquellas paredes tuvo lugar uno de los crímenes más sonados en la alta sociedad tinerfeña de los años 40. Por ponernos en antecedentes, la edificó a principios del s. XX el rico hacendado don Servando Fernández del Castillo, procedente de una de las mayores estirpes terratenientes de la comarca. Otro modo que tuvo de ostentar su riqueza fueron sus tres elegantes coches, que los coetáneos recordaban en su ancianidad por sus marcas como si se tratara de la alineación de un equipo de fútbol: un Packard, un Cadillac y un Ford que solían ser conducidos por su hija Petra, algo inusual. Ningún hijo continuó la saga familiar, falleciendo sin descendencia. La primogénita (Juana) era: soltera, maestra, religiosa y muy piadosa; la segunda (Concha) era la esposa del cacique del pueblo; la tercera (Petra) no se casó y el hermano (Antonio) padecía tuberculosis. La noche del 10 de octubre de 1945 Juana, de 48 años, aparece muerta. Aunque lo intentan disimular como un deceso natural, acaba por descubrirse un asesinato. Según las pesquisas iniciales Petra y Mercedes, una sirvienta, figuran como sospechosas. Habían ido a unas novenas nocturnas a la iglesia parroquial en busca de una coartada, pues los feligreses testificarían sin género a dudas que las vieron. Siempre se dijo que habían llegado muy nerviosas. Terminados los oficios regresaron a la casa y entre algarabías hicieron saber a los vecinos que Juana había fallecido. No tarda en llenarse la casa de gente. Desde Tacoronte llegan el médico don Manasés Herrera y su esposa, amigos de la familia. Tras velar a la difunta en el inmueble, como era costumbre, a la mañana siguiente el cura, los monaguillos y numerosos vecinos forman en comitiva fúnebre por fuera de la casa para dirigirse a la misa corpore insepulto. Mientras las damas amortajaban a la difunta, la esposa del médico se mancha las manos, percatándose de que había una puñalada en la espalda que había sido taponada con cera de velas y supuraba. Advertido su esposo éste ordena paralizar el cortejo en contra de la insistencia de la familia por seguir con las pompas. Acude la Guardia Civil y confirma que se trata de un crimen. Según la trayectoria del corte éste sólo pudo haberlo hecho alguien zurdo y tanto Petra como Mercedes lo eran. Viéndose acorraladas empiezan a acusar a diestro y siniestro. Entre los señalados: su propio hermano, el fetor o capataz de sus fincas y un ladronzuelo que se salva porque casualmente se encontraba encarcelado en Sevilla. La instrucción judicial fue un paripé. Con la excusa de que nunca se encontró el arma homicida y la intervención de influyentes familiares acaba por sobreseerse la causa. El crimen pasa a engrosar la lista de casos sin resolver. Fuentes vecinales aseguran que el móvil del crimen fue la intención de Juana, nombrada albacea por sus padres, de donar la casa familiar a una orden religiosa para erigir una escuela primaria y que los niños pobres del pueblo pudieran remediar la ignorancia a la que estaban predestinados. Presuntamente…