después del paréntesis

La vuelta

La cifra resulta importante: más de un millón de latinoamericanos viven en Madrid. Es el centro de recepción por el potencial económico y por ser la capital del Estado. Pero cada uno de nosotros razona con la misma firmeza. Vamos al médico y descubrimos facultativos cubanos o cubanas, venezolanos o venezolanas… Concluyeron sus carreras, confirmaron el oficio en su origen y ahora se encuentran en España. En la inmensa mayoría de los casos, dicen volver por sus abuelos. Es razonable lo que afirman. Pero lo que resulta es mucho más premioso de lo que aparenta ser. Ocurre la inversión de los registros: ahora los hispanos aquí, antes los españoles allá. Es larga la historia, como se sabe. La inauguró Colón; él fue el que (sin saberlo en principio) dio con las tierras desconocidas. Y con las bulas papales correspondientes y el nuevo modo de dividir el mundo, de la línea horizontal portuguesa a la vertical, España se convirtió en la dueña del mundo. Y eso ocurrió luego de la sumisión del impero azteca por Cortés. Con ello, lo que los reyes de España recibieron: innumerables riquezas, entre ellas de plata y oro. En eso se convirtió lo que se llama América, el territorio encontrado al que se podían desplazar los decididos con el fin de volverse ricos, cual muchos consiguieron. El movimiento intelectual e imperialista fue preciso: lo “nuevo” frente a lo “viejo”; lo nuevo que transforma a los impetuosos y lo viejo que se impone. Y esa historia ratifica. Por ejemplo, la inmigración a partir del XIX, eso que alguno nombra como la segunda ocupación del continente. Asistió gente de todo el mundo, y ello anima a los apellidos que por allí se pronuncian (más españoles, canarios clandestinos que cruzaron el mar, italianos, polacos…). Tal movimiento fundó la condición de las partes, por el trabajo que sobraba en los países de fuga y se necesitaba en los de acogida. Muchos no sólo se ganaron la vida, sino que pudieron regresar con cuantioso dinero en los bolsillos. Y tal trance se topa con la trama de la doblez americana, ser propio y ser del otro lado, cual confirmaron Octavio Paz o Alejo Carpentier o cual señalan los sujetos del cruce, el hijo de alemán Roberto Arlt o el Cortázar que eligió París. Eso ocurre con el ahora que precipita la revuelta: en estos momentos, el continente europeo es la salvación; los antiguos inmigrantes vuelven. ¿Qué hacer? América dio, ¿Europa dará? Esa es la tragedia que condiciona. “Sudaca” es la palabra despectiva que se les aplica en el medio madrileño en el que habitan. Eso confirma la crónica, la crónica desproporcionada. No se les devolverá lo que les robamos o nos dieron; se les nombrará por lo que son y siempre fueron: parias, sujetos de trance, personas a anular por más que entre sus cumbres se encuentren Borges, Arlt, Rulfo o Cortázar, autores que aquí son inimaginables.