Anoche aterricé en 24 horas y escuché a los tertulianos invitados por Xavi Fortes comentar la llegada de Trump al Gobierno. Sólo Lorenzo Milá expresó algo sensato. Llamó la atención de por qué no nos preguntamos lo que hemos hecho mal para que estas cosas ocurran. Jesús Maraña dijo lo que siempre dicen los que creen tener la razón, que 77 millones de personas se habían equivocado, o que representaban a la masa estúpida de un gran país, y Juan Cruz se refirió a que en el discurso no se había hablado de cultura ni de libros. Hay mucho que criticar al populismo, a la política del bulo y a la demagogia, pero el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Se habla de la llegada de las tecnológicas al poder, y en una democracia esto es más normal que el hecho de que las tecnológicas sean absorbidas y controladas por el poder. Al final, de una forma o de otra, van a estar íntimamente conectadas con el que manda. Hay ejemplos sobrados y recientes de lo que digo.
Con respecto a la política medioambiental, sería conveniente preguntarse por qué la población prefiere no tragarse el mensaje apocalíptico y cambiarlo por la esperanza de entrar en una edad de oro. Si reflexionáramos sobre lo que ocurre en Europa con la amenaza ultraderechista, veríamos que las razones serían muy parecidas; por eso lo que se anuncia es un cambio de rumbo a escala global, una vuelta al pasado, según Pepa Bueno, que está originada por un exceso de fundamentalismos ecológicos y de todo tipo. Sobre estas cosas hablaba Lorenzo Milá y yo creo que su opinión estaba dictada por la sensatez. Se dice que estamos amenazados por unos aranceles del 100% porque Trump nos confunde con un país BRIC. No lo somos, pero en muchos aspectos lo parecemos. Nuestra actitud de defensa democrática queda en entredicho dada la tibieza con que hemos condenado lo ocurrido en Venezuela y las simpatías de los socios de Gobierno por Irán o por la Rusia de Putin. Si nos pintamos la cara y nos ponemos unas plumas en la cabeza, lo normal es que nos confundan con los indios. Los americanos dicen que han votado por la inauguración de una nueva era. Esto lleva consigo quitarse de encima lo que tenía la anterior. No sé si es o no una vuelta al pasado, o si significa el retorno de los malos, en ese concepto maniqueo que tiene la política de las divisiones y los muros. La pregunta sigue estando en el aire. ¿Qué hemos hecho mal? Nadie que se crea en posesión de la verdad absoluta puede dar respuesta a esta cuestión. Ni siquiera se la plantea porque siente en lo más íntimo el derecho a no equivocarse nunca, aunque las mayorías digan lo contrario. El discurso de Trump debería hacernos pensar en las cosas que tenemos que corregir para que no nos pase lo mismo. Si no, seguiremos hablando del regreso al pasado en lugar de regresar al futuro, al que todos sabemos que no se puede volver por más que lo cuenten en una película.
