Por Fermin Bocos
Venezuela afronta horas decisivas. El próximo viernes, debería producirse la toma de posesión del vencedor de las elecciones celebradas el pasado 28 de julio, pero el ganador, Edmundo González Urrutia, es probable que no pueda viajar a Caracas ante la amenaza de ser detenido y encarcelado. Aun así, ha dicho que su intención es “ingresar a Venezuela por cualquier medio que sea”. El dictador Nicolás Maduro, perdedor de los comicios, en un alarde de infamia, ha llegado a ofrecer 100.000 dólares a quien pueda facilitar la detención del candidato cuyo triunfo ha sido reconocido por un amplio abanico de países democráticos -desde los Estados Unidos a cuantos formas parte del Parlamento de la Unión Europea. En esa lista, la anomalía la asume el Gobierno de España que, pese a conceder asilo a González Urrutia, no ha reconocido su victoria en las elecciones. Se supone que para no ofender al dictador.
Cuesta tener que escribirlo pero, dentro y fuera del Gobierno de España, Maduro tiene poderosos valedores. Entre otros, el expresidente Rodríguez Zapatero o el ahora caído ministro José Luis Ábalos, turbio enlace de intereses por explicar relacionados con el caso de la extraña visita a Madrid de la vicepresidenta venezolana, Delcy Rodríguez, dirigente clave en el sanedrín chavista que controla todos los resortes de poder en Venezuela.
Edmundo González ha sido recibido por el presidente argentino, Javier Milei, y por el norteamericano, Joe Biden, en la Casa Blanca. Cuando esto escribo, no se sabe si afrontará el peligro cierto que supone entrar en Venezuela amenazado como está de detención. Es un profesor y diplomático que tiene ya 75 años. Asistimos, pues, a un escenario abierto en el que el factor humano puede ser determinante y en el que predomina la incertidumbre. La única certeza es que cerca de ocho millones de venezolanos se han visto forzados a exiliarse y que, tras el pucherazo, el atrincheramiento de Maduro y su camarilla anuncia más represión y dolor para el pueblo de Venezuela
