tribuna

Héctor Abad Facionlices

Suscribo de la A a la Z el artículo que hoy publica en El País Héctor Abad Facionlices. Desde que descubrí a este escritor colombiano y, según confiesa, del mundo, no he dejado de admirarlo. Hay un espacio de grandeza en la interconexión de los escritores que sobrepasa a las envidias de las rencillas locales. Eso engrandece a la literatura, lo otro la empequeñece y la hunde en el cajón de las filias y las fobias al que tan acostumbrados están los que se mueven exclusivamente en el ámbito de las capillas y de las ideas. Quiero decir que, por este motivo, me han privado de leer a grandes escritores en algunos medios de comunicación. Me alegro que hayan hecho una excepción con Abad Facionlices. Escribe sobre Europa como espacio de convivencia y de tolerancia preservado en el mundo como un modelo. Europa no se habrá desarrollado en la proporción que merece en el dominio de determinadas técnicas económicas, pero sí lo ha hecho en el aspecto de no creerse más que nadie y de negar la presunción de conquistar aquello que sólo se puede alcanzar desde la posición de los humildes. Europa ha conseguido ser un espacio de iguales, donde el ser humano ha alcanzado el respeto a las diferencias que presentamos sin que nos lo propongamos. Todo ello a pesar de los brotes de racismo y de exclusividad nacionalista que la amenazan. Quizá estos sean los enemigos internos a los que se refiere el vicepresidente Vance, pero creo que no. Cita a Borges y a Los Conjurados, para recordar cómo un día unos hombres se confabularon para alcanzar estos objetivos. Es la Europa del pensamiento y de la renuncia a las situaciones de preponderancia, sean del tipo que sean. Antes de que se oficializara este ámbito común ya era capaz, dentro de mi escaso cosmopolitismo, de apreciar estos rudimentos de comunidad y coincidencia con las gentes de distintos lugares con las que traté. Europa siempre me resultó un lugar cómodo para transitar y para identificarme. Este es uno de los principales atractivos de un sitio donde todavía es posible encontrarme conmigo mismo y hallar el patrimonio de una cultura compartida, sin sentir el rechazo de los que se sienten superiores. Quizá en esto consista el auténtico valor del europeísmo. Pero no hay que olvidar que también se puede enfermar y decaer por la desidia que genera cierta nonchalance, y esto suele ocurrir cuando no le damos importancia a lo que somos y a lo que tenemos. Alguien observa con cierto complejo los acontecimientos de los últimos días y echa de menos declaraciones altisonantes como respuesta a lo que podían considerarse insultos y vejaciones. No hay que perder la serenidad. El orgullo nunca ha sido un buen acompañante para resolver los asuntos importantes. Me quedo con la última frase del artículo de Héctor Abad: “Los Trump y los Vance no desprecian a Europa, la temen. Le temen a que siga siendo estupendamente seductora: un ejemplo de paz, de belleza y democracia para el mundo entero”.