después del paréntesis

La angustia

Los asesinos a sueldo nunca cuentan con angustia. Lo que cabe es el gesto altivo, pues siempre están dispuestos a actuar por el sueldo que les pagan. Y allí se encontraba, a las órdenes del ilustre señor Lamaître. Contundente. El señor Lamaître había hija, Lisette, que hubo a bien encontrar a hombre y pretender unirse al hombre. Cosa que a la familia no le correspondía. El chico era de la estirpe de los Gurmantes, que se distinguía por ser los fieros enemigos del pasado, del presente y del futuro de los Villeparisis. Historia antigua, se dirá, y es cierto, cual detalló el divino Shakespeare. Ninguna instancia ha de separar a Lisette del Villeparisis. Y el padre ímprobo no decidió hacer matar al antojadizo, decidió deslizar su infierno hacia su hija. De manera que el asesino a sueldo habría de atrapar a los amantes juntos y disparar a la cabeza de la chica en presencia de su amado. ¿Lección?: la indignidad. Todo dispuesto, se dijo Balbec. Y así ocurrió. En la habitación esmerada del castillo, en la zona en la que se reunían todos los secretos, los dos enamorados se encontraban, fuera de la mirada de los padres, de los criados o del servicio. Horace Balbec destrabó la cerradura de la puerta con pundonor. Entró. Se dejó ver. Vuestro padre me ha pagado, le dijo a ella, y mucho porque sabe que soy el mejor asesino de esta tierra para matarla a usted. Lo hace por el deshonor que le habéis infringido. Y ante vuestro amado para que comprenda y para que recapacite. La niña tensó los ojos y confirmó la angustia con una caída injusta de la cabeza hacia el pecho. Y entonces Balbec recordó a su hija, a la divina Elizabeth, a la doncella más sensitiva de este mundo. La recordó el día en que iba a expirar porque su cuerpo y su porvenir no podían soportar más la enfermedad. Entonces le habló: “Papá, ya sé que en estos casos la angustia les rasga el corazón a los justos como tú. Pero no cumple la angustia. Me quisiste, me acariciaste y yo te quise y te acaricié. Eso queda porque ambos existimos y lo que se vive con intensidad, como el instante, es lo que perdura”. Los asesinos a sueldo nunca fallan, le dijo a la muchacha. Pero a veces la existencia se retuerce. “Acompáñenme”, les dijo. Buscó al proto hombre. Lo encontró. Lo tomó por el cuello. Se lo cargó al hombro y lo subió hasta la cuarta planta. Abrió las puertas del balcón. Se acercó a la adusta barandilla y lo lanzó al vacío. “Probaréis que fue un accidente”, les comentó. “Siempre la ficción salva a los nacidos”. Hay cosas que no se pueden destruir, les dijo, ni el amor ni la bondad ni la correspondencia. Eso son estos jóvenes, susurró en el oído del muerto en el suelo, por más que para usted la muerte siempre resultó digna.

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