opinión

Quién anda ahí

De la reunión de París no se extrae una postura unánime de la UE con respecto a Ucrania y a las negociaciones de paz que se inician en Riad, entre Rusia y EEUU. Si los siete, más Reino Unido, no se ponen de acuerdo, excuso decir qué harían los veintisiete. Por tanto, esa insistente reclamación por estar presentes no tiene demasiado sentido. No obstante, existe una inquietud por la falta de protagonismo y por el descenso de la apreciación de una Europa que se siente negativamente aludida después de las declaraciones del Gobierno de Trump. Se ha dicho que hay una pérdida de los valores que la llevaron a ser una guía ideológica para el resto del mundo y, además, se ha dejado caer la sospecha de que sus enemigos no son Rusia ni China, sino unos fantasmas interiores que la convulsionan. Esta visión negativa inunda de forma deprimente y catastrófica a los medios de información, sumiéndonos en un estado de shock del que es difícil desprenderse. Habría que preguntarse a qué valores y a qué enemigos internos se refiere para tratar de centrar esta situación que nos asola. Hay en el aire una amenaza pesimista de la pérdida de algo que hasta el momento nos era consustancial; y no es una influencia que dejó de existir de la noche a la mañana, sino que ha venido decayendo lentamente, como decaen los imperios según Spengler. Europa ha sido la continuidad de Julio César, de Carlomagno, del Renacimiento, de Carlos V, de Bonaparte y de la Revolución francesa. Del liberalismo de Rousseau y de Carlos Marx, de la Relatividad de Einstein y de la novena de Beethoven, de Shakespeare y de Cervantes, de Velázquez y de Rembrandt, y de Miguel Ángel y Leonardo, aunque ninguno de estos esté entre nosotros. Pero también está la Europa de Hitler y Mussolini y hasta la de Franco. Todo eso es Europa, con sus virtudes y sus defectos. La que se reunió ayer en París para no llegar a un acuerdo y la que lo hizo hace unos meses en Notre Dame, para todo lo contrario. Ahora se habla de enemigos internos, a pesar de que siempre han estado ahí. Es la misma pregunta que no se quiere hacer el progresismo tratando de adivinar qué hizo mal para que lleguemos a la situación en la que estamos. Si nos situamos en España, qué pasó con nuestra Transición hecha pedazos después de 40 años. Qué valores hemos sustituido por otros. Nosotros sabemos por experiencia lo que es el fracaso. Vivimos lo de Cuba en el 98. Vimos a Juan Ramón deprimirse para sacar las más hermosas páginas de su refugio con un burro. Nos matamos a tiros en el 36 y ahora sacamos en procesión al que nos quitó el sueño en una larga noche de asedio a la libertad. Somos como Europa, un cúmulo de instintos y pasiones desatadas, pero seguimos en pie y sin saber en qué nos hemos equivocado. Pero Europa no es tan fácil de matar. Seguirá estando ahí mientras haya un molino en Arlés pintado por Van Gogh, o mientras se escuche una polonesa en una radio de Varsovia, o recordemos a Albert Camus enseñándole los dientes a Jean Paúl Sartre, o Serrat nos recuerde a una barca perfumadita de brea a orillas del Mediterráneo. Quién dijo que todo está perdido. Yo vengo a ofrecer mi corazón, como dice Fito Páez.