Se llamó Erik Thorvaldsson. Su bravura y el color de su cabello le concedieron el nombre de Erik El Rojo. Nació en Noruega, en el reino de Rogaland, en el año 950. La insistencia en la pelea de los vikingos hizo que no se los esperara por su tierra natal ni por la vecina Dinamarca. Así es que El Rojo asumió lo que sus compatriotas confirmaron hacia el año 874, ocupar Islandia. Hacia allí se dirigió con los suyos. Y ocurrió: por una falla del orgullo, sacó su espada ante un noble y lo mató. Tres años de exilio fue la condena. Tomó su barco del puerto, buscó viento para las velas y se dispuso a reconocer el norte que un siglo antes un tal Gunnbjör Ulfsson visitó. Llegó al sur de la gran isla y recorrió esos límites desde el alto Atlántico hasta el hielo más intenso de la cumbre. Con los ojos repletos de imágenes y el ánimo puesto en lo que habría de ser esplendor, cumplido el tiempo del castigo, regresó a Islandia. Verano del año 985. Recuento de colonos, los suyos y los islandeses pobres que se sumaron a la aventura. Para convencerlos, Erik Thorvaldsson usó sabiamente dos palabras fidedignas: grøn, que significa verde, y land, que significa tierra, Frente a la tierra del hielo (Ísland), lo encontrado era tierra verde, Groenlandia. Erik Thorvaldsson fue el primer colonizador de esa zona del planeta. En un lugar con más del 70% de nieve perpetua, vivieron más de 5.000 habitantes. De ahí hasta el siglo XV, con la Edad de Hielo, en la que los moradores volvieron a suelos más tórridos. Y otro intrépido decidió: Hans Egede. El predicador luterano, el Apóstol de Groenlandia, con ayuda del gobierno danés, fletó tres barcos y partió hacia la lejanía en el año 1721. Fundó la capital del enclave: Nuuk. Desde el año 1814, Groenlandia pasó a formar parte del reino de Dinamarca. Hoy ese enclave sale a la luz de los nacidos. Un claro preboste del nuevo mundo prevé la reconquista, Donald Trump. Un área (con nacionalistas incluidos) que ha de ser suya frente a sus legítimos dueños. Suya con sus registros proverbiales: la isla más grande del mundo, con casi el 90% despoblada, es la franja de vida del planeta en el que se produce el mayor número de suicidios. Tanto que (detallan allí) no hay nadie que no cuente con un suceso cercano como ése. ¿Qué factor induce a semejante remedio? Sin duda, lo que en sí Groenlandia es. Se vive en el norte de Europa: el frío que apaga los cuerpos, el oscuro que sentencia la luz y la quietud que incendia el más procaz pensamiento en la estima del ser. Así que el dicho Trump revocará, pondrá remedio a la desgracia. Asistirá a los groenlandeses con más primor, el alcohol no será un remedio, sino una diversión e, incluso, fomentará playas para el desnudo. Eso serán, destino cándido.
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