tribuna

Una noche en urgencias

Por Manuela del Castillo

No sé cómo debería empezar esta crónica, la verdad. A lo mejor, narrando una mala noche…a lo mejor, relatando mi impotencia…o a lo mejor, reseñando una injusticia… Mala noche, impotencia, injusticia. No lo sé. Lo que sí sé es que, un rápido y digno atendimiento de una urgencia médica en el Hospital Universitario de Canarias, tiene rápida solución bajo mi punto de vista. Y la solución es que el responsable del Sistema Sanitario en Canarias pasara la misma noche que pasé yo, y muchísimas personas allí, en urgencias. Ni más ni menos, solo una noche. Una noche con dolor y desesperanza. Entendería muchas cosas. Entendería el mal que están haciendo a nuestra sanidad, el mal que están haciendo a nuestros mayores, y el mal que nos están haciendo a todos. Y entonces, cuando vean lo que han hecho, mejor dicho, lo que NO han hecho, a lo mejor…, a lo mejor, ponen remedio, que sé que lo tiene, vaya si lo tiene.

Uno cuando va a urgencias es por algo gordo, si no el 100% de pacientes, el 99,99%. Ese 0,01% se puede diferenciar claramente. Ancianos y personas de todas las edades, que sus centros de salud, por no tener medios, los derivan a su Hospital, el que, supuestamente, vela por nosotros y tendría que hacer que ese mal se solucionara lo antes posible, porque es un mal, y no podemos vivir con él ni un segundo más, vamos desesperados a que nos ayuden. Estamos en sus manos. Nuestra vida está en sus manos. Qué duro suena, pero es la verdad.
Faltan medios y falta personal, señores. Las instalaciones se han quedado obsoletas. Da vergüenza y pavor dónde nos meten. No hay espacio. Sufrimos una agresión brutal a nuestra intimidad, y nadie hace nada.

Intentaré relatar la insufrible noche que pasé, lo que vi y lo que sentí. Todos los que vamos a Urgencias del Hospital se nos va la vida en llegar para que nos den solución y acabar con el dolor que nos atormenta. Lo único que pedimos, más bien, damos por hecho que lo van a hacer, es que nos atiendan con premura, ya que nos sentimos morir, y estar allí es como una seguridad de que nos van a sanar. Pero ahí empieza un calvario que, a medida que van pasando las horas, se engrandece de manera estrepitosa. No nos atiende nadie.
Pasan las tres primeras horas, y dejas tus dolores a un lado y analizas a las personas que te acompañan en esa sala de la vergüenza, como yo la definí, con sillas tan incómodas que, en los primeros quince minutos de estar allí, me había levantado tres veces para caminar un poco y estirar piernas.

Había muchos mayores, nuestros mayores abandonados en esas sillas inmundas o en sillas de ruedas desfondadas. Mayores con males mil veces más graves que los míos. Y hasta en eso me dieron una lección de civismo y saber estar. Lo único que pedían y lo hacían con un “por favor”, era un médico. Un médico, señores. Y miles de profesionales en el paro o trabajando en hospitales privados, porque dónde seguramente quisiera trabajar, en el público, no los contratan y les ponen mil trabas. También había mucha gente joven, chicos y chicas con dolencias que no sabían de qué, con incertidumbre, solos y esa sala les estaban dando un baño de realidad. No entendían ese desprecio a lo más preciado de nuestra vida: la salud.
Pasamos por varias fases: furia, incomprensión, cansancio y la devastación total. Al principio no te crees que pasen los minutos y las horas y sigues en el mismo sitio sin que nadie se mueva. Entras con tu dolencia que la aparcas para enfurecer el entendimiento, teniendo la sensación de abandono y de que se están riendo de ti.

No lo entiendes, no sabes cómo y el por qué hemos llegado a esta situación tan caótica.
Y siguen pasando las horas. Sigue entrando gente a esa sala, gente enferma, gente que necesita ayuda de verdad. Y nadie viene ¿Qué pasa? A medida que el tiempo va corriendo, la madrugada se va haciendo muy dura. Buscamos ropas, abrigos y pañuelos para acomodarnos y ponerlas a modo de colchón y así poder echarte y poder descansar la espalda en esas horribles sillas. Eso algunos, los que todavía estamos un poco ágiles, porque los pobres Mayores, lo único que les quedaba era llorar de desesperación. No hay derecho.

Va amaneciendo y seguimos estando allí. Vivos, doloridos y con nuestra dignidad más reducida. No hay camillas para que los médicos nos vean…Eso es lo que nos dicen. Increíble. Una asquerosa camilla. Nos van llamando, dicen que, con el cambio de turno, vienen los médicos de día y ahora va a ir más rápido… ¿Más rápido…? ¿A quién intentan engañar? No va más rápido… simplemente va.

Entré allí a las diez de la noche y me atendieron a las nueve y media de la mañana. Por cierto, fui privilegiada, salí de ese Hospital a las diez de la noche del día siguiente. Nos mirábamos todos en esa sala y lo que empezó con unos gritos de rabia por la situación, doce horas más tarde estábamos todos sin fuerza y con más dolor del que entramos y lo único que queríamos era que ese padecimiento cediera. Nos invadió la devastación total teniendo que ceder en nuestro orgullo a cambio de medicación.

Nos mirábamos con pesadumbre, zozobra y dolor. Disculpándonos por habernos conocido en tremendas circunstancias.

Hemos trabajado y seguimos trabajando para tener una Sanidad digna. No es justo que los que hemos trabajado casi cuarenta años, veamos este destrozo de lo que tanto nos ha costado construir. Y me consta, y así lo vi, los que están dentro, el personal de ese Hospital; médicos, enfermeros, auxiliares, técnicos… todos, todos, grandes profesionales, pero cansados, cansadísimos de luchar, de luchar por ellos y de luchar por nosotros.
¡Qué pena, señores!, por llamarlos de alguna manera.