Todo vale para la paz en Ucrania, incluso el trumpismo”. Así se titula un artículo de Ignacio Sánchez-Cuenca, catedrático de la Carlos III, que hoy (por ayer) publica El País. Estoy bastante de acuerdo con todo lo que expone. Hay antecedentes nacionalistas en este conflicto que se justifican políticamente en otras latitudes, pero la opinión general ha hecho una valoración, a medias entre el sentimentalismo y la legalidad internacional, cuestiones ambas poco fiables para enjuiciar la necesidad de la paz con la cabeza fría. El desencuentro en el despacho Oval no ha hecho otra cosa que avivar estos argumentos que parecen destinados a satisfacer a la opinión pública de una manera demasiado simple, pero que sacrifican cualquier posibilidad de acuerdo sin poner sobre la mesa una estrategia solvente que ponga fin al conflicto. Dice Sánchez-Cuenca que corre el riesgo de que lo acusen de partidario de Putin y de Trump, en esta dicotomía en que volvemos a dividir al mundo en torno a un supuesto sometimiento a la corrección política. Esto nos pasa a todos cuando disentimos, a pesar de que el disenso consista en evitar desembocar en el desastre definitivo. En estos días, observo movimientos y declaraciones concluyentes que conducen a todo menos a la sensatez. Todos temen ser acusados de tibieza y de falta de testosterona y prefieren sustituir la prudencia diplomática por la exhibición de resistencia y prepotencia que tan poco ayuda en estos casos. Sé perfectamente que en este debate compartir la opinión de Ignacio Sánchez-Cuenca es llevar las de perder. Por este motivo, considero sus palabras de un extraordinario mérito y de una gran valentía. Ahora voy a hablar yo, tal y como me dicta mi criterio, seguramente errado. Von der Layen dice que Europa tardará entre 5 y 10 años en rearmarse. Donald Trump tiene limitado su mandato a 4 y Putin tendrá 82 cuando nuestros ejércitos estén a punto para derrotarlo sin la ayuda de EEUU. A menos que a esto le apliquemos el manual de resistencia, las cuentas no salen y, mientras, un país al que decimos proteger se desangra poco a poco y nuestros gobiernos seguirán justificando que no despegan por ese lastre insufrible. Es difícil nadar contra corriente y alinearse con lo que escribe el profesor Sánchez-Cuenca, pero a mi edad no me voy a amedrentar para dejar de decir lo que pienso.
TIERRAS RARAS
Estudié las tierras raras en el bachillerato. Eran los lantánidos y los actínidos, cuyos nombres me aprendí de memoria y todavía me acuerdo. Cerio, Praseodimio, Neodimio, etc. Ahora se habla de explotar el 50% de los yacimientos minerales de Ucrania que contienen estos elementos químicos, y a mí me recuerda a la montaña de Tindaya y la escultura de Chillida. El problema es que todo esto suena a cosa rara, por extraña, y no lo es tanto. Se nota una ignorancia manifiesta en los informadores que no han estudiado química elemental o no se aprendieron la tabla periódica de Mendeleyev. Macron ha ido a Washington y no ha hecho mal papel a pesar de las rarezas. Francia sigue siendo Francia, y ahora que Alemania se prepara para reproducir la gran coalición, volverán a ser el eje de Europa que siempre han sido. Dentro de unos días, irá el primer ministro Starmer, incorporando al Reino Unido al futuro europeo. Con esto, la presencia española se debilita en la escena internacional. Esta tarde escuché un sondeo en Radio Nacional sobre la posibilidad de una gran coalición en nuestro país, aquella que propuso Rajoy por dos años, en 2016, y que fue respondida con el no es no. El resultado resultó confuso, lo que indica que existe una tendencia mayoritariamente favorable. Cada día estamos más lejos de la política real a pesar del triunfalismo de los medios oficiales. Dadas las condiciones actuales, lo considero imposible y esto, desafortunadamente, abrirá más la brecha del aislamiento. Estas cuestiones me hacen pensar que los raros somos nosotros, amén de no saber qué son las tierras raras. Ni falta que nos hace.
