de remplón

Viaje a la Ciudad del Vaticano

Tuve ocasión de viajar a Roma con mi hijo Víctor y ver al papa Francisco recién llegado a la cátedra de san Pedro. Solicité a la Prefectura de la Casa Pontificia dos entradas para la audiencia general del día 2 de abril de 2014. El trato fue exquisito, con una educación que no es de este mundo. El gentío era impresionante. Era un precioso día soleado. Francesco, Francesco, gritaban los asistentes de diversos acentos y venidos de todas partes del mundo. La emoción, expresada en diferentes idiomas, se confundía con banderas de todos los colores y procedencias. Francesco, Francesco, era el grito dominante mientras Su Santidad atravesaba la plaza a bordo del papamóvil. Más tarde, después de la pizza inolvidable, pudimos gozarnos una misa en la Basílica de San Pedro.

El papa Francisco habló ese día de las cartas de Pablo. Y Pablo me viene muy bien para comentarles que está de moda la resurrección en infinidad de foros y redes sociales. Voces autorizadas hablan con otro lenguaje de la vida después del último viaje, y de testimonios de enfermos que estuvieron más para allá que para acá. ¿Nos recibirán con una fanfarria al dar el paso ulterior? A mí, la verdad, este asunto no me preocupa. Me gusta más hablar de la vida antes de la muerte, disfrutar de un buen guachinche con los amigos de toda la vida.

No entiendo este asombro ante la supraconciencia, la unívoca visión biológica del ser humano, y estos cambios de nomenclatura para no hablar de la resurrección de toda la vida que hemos aprendido en el catecismo católico, seamos creyentes o no. Hablan con extrañeza de la resurrección. Esto me recuerda a la reacción que tuvieron los griegos del Areópago ateniense cuando Pablo de Tarso les habló de la vida después de la muerte. Los griegos reaccionaron con extrañeza y muertos de risa, se les partía la caja del pecho con las carcajadas. Cualquiera no se ríe, pero de alegría. Porque si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana nuestra fe (1 Corintios 15:14).