tribuna

El declive, Zapatero y Redondo

Oswald Spengler publicó su Decadencia de Occidente entre 1918 y 1923, recién acabada la Primera Guerra Mundial y estrenada la Revolución Soviética. En los años 30, Haldane y Bertrand Russell escribieron dos libros contradictorios sobre el futuro, apoyándose en Dédalo y su hijo Ícaro. Haldane pensaba en un mundo unificado después de los descubrimientos científicos de principios del siglo XX, pero la Segunda Guerra Mundial vino a deshacer su fantasía. Lo que no cambió de sentido fue la economía y el resultado, como siempre, fue el renacimiento de los países que la ganaron. Hablar de decadencia o de declive es peligroso, máxime en una época en que todo lo fiamos a la estadística y a lo cuántico como única herramienta de cálculo. En una entrevista que hoy aparece en El País, dice Zapatero que el futuro está en Europa. No está mal tirado. Se refiere a la Europa del conocimiento, a la que hoy se muestra como receptora de una diáspora intelectual norteamericana, la misma que se aposentó en EE.UU. huyendo del nacismo. Parece un flujo de ida y vuelta, como tantas constantes históricas. Pongamos que tiene razón. Entonces, habría que preguntarse cuáles son esos valores que la Europa resistente trataría de imponer para alcanzar su liderazgo. Si seguimos alimentando los que al otro lado del Atlántico han generado la llegada de Trump, los efectos de hartazgo de una sociedad sin horizontes serán los mismos. Por ese camino estamos todos condenados al fracaso. No se trata de wokismo contra autoritarismo. Más bien el futuro se halla en la negación de ambas cosas. Zapatero habla de que no condenar al desaguisado electoral venezolano es una manera de defender los derechos humanos. No entiendo esa vocación franciscana, ni cómo enarbolando una bandera pacifista, donde siempre se absuelve a los desmanes de la izquierda, se puede lograr un liderazgo internacional. El mundo está partido en dos y hay que recomponerlo, pero esto no se consigue levantando muros y barreras, y fronteras irreconciliables, tanto a escala interna como en el ámbito exterior. Dice algo en lo que puedo estar de acuerdo. El conflicto de Ucrania tiene unas causas, a pesar de que sólo miremos las consecuencias. Una de ellas puede ser el intento de incluirla en la OTAN y otra el ninguneo que se ha hecho desde Occidente a un país, como Rusia, que se siente gran potencia y de hecho lo es. Un mundo integrador no puede seguir teniendo en la memoria el llevar por las calles la cabeza de un chino el día del domund. A mí no me gustaría representar a ese símbolo decapitado para rescatarme de la pobreza de ser diferente. Hoy las cosas no son así y los misioneros ya no pintan nada allí. Me cambio de periódico y en La Vanguardia, como todos los lunes, aparece Iván Redondo diciendo que Sánchez es el decano de todos los presidentes europeos. No lo entiendo muy bien después de comprobar cómo lo excluyen de las reuniones más importantes, celebradas entre Francia y Alemania, con la comparecencia imprescindible y necesaria del Reino Unido. Redondo da a Macron por muerto y lo sustituye por alguien sustentado por grupos que no le aprueban los presupuestos. Menudo decanato ese. En fin, las cosas de Redondo.

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