Francisco fue un papa que se salía de la ecuación. Juan Pablo II había sido el papa conservador que el poder tenía a mano, como un aliado providencial para salvar las almas con el bolsillo lleno sin que pareciera pecado. Se armó un lío sobre la inexistencia física del cielo y el infierno y todo eso. Bergoglio habló de lo terrenal y le daba una tunda al capitalismo cada vez que podía.
Ahora se ha ido con 88 años el papa de la izquierda y vendrá otro que lo adelante por la derecha. Tenía humor y tenía mal humor, incluso puede hablarse de la mala leche del papa, y de su sencillez, y del futbolero, del químico y filósofo, el que paseaba tomando mate por la plaza de San Pedro, el papa periférico, venido del fin del mundo. A este revolucionario de la Iglesia que se amotinó contra el neoliberalismo desaforado como si llevara en la sangre gotas de su compatriota el Che Guevara, es posible que lo encumbrara un malentendido, pues, antes de asaltar los cielos de Roma y sentarse en la silla de San Pedro, corría el runrún de que había contemporizado con el dictador Videla. Una vez papa, se defendió como pudo.
Gänswein, el secretario de Ratzinger, aquel papa emérito que sirvió de transición entre Juan Pablo II y Francisco, se le reviró -escribió, incluso, un libro desconsiderado de memorias- porque eran evidentes las distancias ideológicas de los dos, que, sin embargo, guardaron una bicefalia ejemplar cuando Benedicto dimitió por las intrigas y los banqueros de la Iglesia. Francisco tuvo que habérselas con la ignominia de los curas pederastas y con el cardenal Becciu, su asesor principal, condenado por la justicia vaticana a cinco años de cárcel por lujos y excesos.
Dudo que a Bergoglio, el papa argentino que cantó las cuarenta a los malos dirigentes del mundo, lo hagan santo como él hizo a Juan Pablo II. La carca Curia afinará mejor esta vez y elegirá un papa que canonice a Ratzinger antes que al argentino, que se permitía reprender a los líderes xenófobos. “Es pecado grave repudiar al migrante”, clamó en el desierto de la clase política.
“¡Que lindas las Canarias!”, dijo una vez Francisco en una recepción con los obispos de las Islas, cuando sólo llevaba un año en el Vaticano y acababa de canonizar a José de Anchieta. Le faltó tiempo y salud para viajar a Canarias con motivo de la crisis migratoria. Eran sinceras sus diatribas en defensa de los migrantes del mundo. Cuando iba a Lampedusa se le rompía el alma. Y quería venir a Canarias a solidarizarse con los niños de África, según le dijo al presidente Clavijo cuando le cursó la invitación. Pero se interpuso otro viaje, el que emprendió ayer en la convalecencia de una grave neumonía bilateral. A Juan Pablo II no se lo impidió la mala salud, sino el exministro de Exteriores Fernández Ordóñez, cuando pensaba volar a las Islas camino de África, no fuera que Cubillo y los africanistas del Mpaiac se apuntaran el tanto. Nos lo reveló en Tenerife la periodista Paloma Gómez Borrero.
Francisco nos deja en inferioridad de condiciones a quienes no comulgamos con este nuevo desorden establecido. El papa era nuestro muro de contención, el cortafuegos que abanderaba a esos a los que ahora casi se les persigue: los progresistas. Lo llamaban papa rojo y le organizaron campañas de descrédito y derrocamiento para que se fuera y los dejara en paz. Pero, enfermo y abatido, no dimitió. Ahora pondrán un papa ad hoc, que sintonice con el mundo insolente en boga y que no haga proselitismo contra el cambio climático ni por los derechos de las minorías, toda esa teología infecta con que la ultraderecha americana invade el mundo. A uno de sus valedores, el vicepresidente americano, J. D. Vance, lo recibió Francisco el domingo, en la víspera de su muerte, y acto seguido lanzó un mensaje -el último de su pontificado- condenando el “desprecio hacia los más débiles, los marginados y los migrantes”. Vance, por esta visita horas antes al papa difunto, nos recordará siempre a Kissinger, que a donde llegaba temían un golpe de Estado o cualquier otra desgracia. A Trump le gustaría tener su papa afín, como Hitler tuvo su Pío XII. De momento, el camarlengo que regenta el Vaticano, en ausencia del papa muerto, es yanqui.
El papa Francisco reprobó cuanto pudo el maltrato denigrante a los deportados en EE.UU., la invasión rusa de Ucrania y el genocidio israelí en Gaza. El que se cree Dios en el Despacho Oval ya no tiene quien le plante cara en el Vaticano.
El mundo está loco, como sabemos, y cuando a Javier Cercas el Espíritu Santo lo puso en la senda del papa, en sus postrimerías, tituló el libro resultante El loco de Dios en el fin del mundo. Francisco de Asís decía de sí mismo que era il folle di Dio, el loco de Dios. El autor le quería preguntar al papa Francisco si hay vida después de la muerte. Ahora el papa tiene la respuesta.
