Admitimos como conjetural lo que resulta plausible. De modo que es lícito que una pareja salga a la calle y camine por la acera en medio de la gente y lejos de los autos que invaden las calles. Así se dispone el paseo en lógica correspondencia. Porque de semejante manera actuaron las dos personas que se avinieron a salir de su casa y registrar pasos sobre el suelo que los ajusta y los contiene y los señala en este mundo por estar; en pro de alguna necesidad o por el simple placer de salir. Ahí la estampa que satisface, la señora Judith [Walker-Brown] McQueen y el caro señor don Alexander McQueen. Pero el tiempo siempre condena a los sucesos y las líneas rectas se vuelven caprichosas. Con persistencia, la sorpresa acecha y en la guardia la vida se rompe o se arrima al auxilio de quien la condiciona o la repone. Eso ocurrió. Entre las calles Nazareth e Easton, el señor McQueen cayó al suelo fulminado. Cuando, de inmediato, su mujer se interesó por él de rodillas junto a la cabeza, ya estaba rodeado el cuerpo por transeúntes, entre ellos un doctor que certificó la muerte: paro cardiaco agudo. De ese modo sucedió. Con las premisas del juez correspondiente, el cuerpo fue elevado de la vía y pasó a la morgue en espera del entierro y de la incineración oportuna. Y en ese estado del ser surge el sofisma de la vida: ningún cuerpo muere hasta que desaparezca de la memoria. Eso le había ocurrido a la madura Judith Walker-Brown con sus abuelos, sus padres y alguna amiga, que permanecen. Mas tal argumento hoy no ocurre con el protervo, caprichoso, represivo, intolerante, insolente y vejatorio Alexander McQueen, que antes de fallecer se alzó en su reserva para ofender en gravedad a su mujer y a sus hijos (Paul y Raquel) y para encerrarlos sin remedio en los dominios de su opresión. El final cuenta, se dijo Judith Walker-Brown aferrada a sus hijos frente al féretro, sólo el final cuenta para este pavoroso término. Descansa en paz, dijo, soplando las cenizas que lo arrastraron hasta el infierno.
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