Continúa el eterno debate sobre qué cosa es la novela negra y de qué asuntos se ocupa la novela policíaca. Es un tema a investigar. Habrá que encargarle el caso a Eladio Monroy, el preferido de nuestro siempre recordado Alexis Ravelo, y echar mano de La estrategia del pequinés. La novelista (no le gusta que la llamen escritora) Empar Fernández, lo tiene claro: hace tiempo que cayeron las fronteras entre la novela negra y la policíaca. Empar Fernández, premio Hammett 2024 de la Semana Negra de Gijón con El miedo en el cuerpo sigue esas pistas, según me dijo en el primer Observatorio Negro criminal de Fuerteventura.
Florecen por toda la geografía insular y peninsular los festivales de novela negra. ¿Es una moda? ¿Es un boom pasajero? Yo creo que no. Ya ha superado los arrebatos de la moda y la fugacidad del boom. Ahora, tal vez, se muestre este género como un signo de los tiempos, de la fragilidad de los días que transitamos en medio de los aranceles. Una especie de desahogo social, un escapismo necesario. Tampoco es un arte menor, ni una película contada, como he escuchado alguna vez. El escritor vasco Jon Arretxe no oculta su entusiasmo, porque el detective Touré ya dio el salto a las pantallas.
Sea como fuere, que diría Martín Llade de Radio Clásica y comentarista del concierto de año nuevo de RTVE, los detectives, sabuesos y asesinatos literarios, llenan los estantes de las librerías. Escritores de éxito como Juan Gómez-Jurado, que se pone las manos en el rostro cuando ve alguna escena de terror en el cine, venden sin tino. Firmas canarias como Mariano Gambín, autor de La torre encantada; José Luis Correa con El bebedor de coñac; Carlos Gutiérrez Robayna con Tres tes y Carmen Nieto con Gambuesa, son ejemplos de esta saludable efervescencia novelística. En fin, habrá que preguntarle al comisario Dupin, de Jean-Luc Bannelec, dónde está el misterio de esta simultaneidad creativa y a Montalbano, el comisario de Andrea Camilleri, que gana afición cada vez más en una exitosa serie televisiva.
