tribuna

¿Zetas en los guanchismos?

Por Marcial Morera. Si los guanchismos verdaderos o imaginarios (que en el asunto de su verdadero origen no vamos a entrar ahora) Aceró, Ayoze, Dácil, Guacimara, Guaza, Guarazoca, Guize, Máguez, Marzagán, Mozaga, Nauzet, Órzola, Tazacorte, Yaiza y Zonzamas, por ejemplo, se escriben en la actualidad con zeta o ce, y no con ese, no es porque, cuando estas palabras de procedencia preeuropea llegaron al español insular, allá por los siglos XV o XVI, hubiera consonante sibilante interdental fricativa sorda (que es el fonema que se ha representado siempre en la ortografía moderna del español con estos dos letras) en el habla canaria. En realidad, nuestra modalidad lingüística fue seseante o ceceante (es decir, no distinguidora entre ese y zeta) desde el primer momento de su historia, porque seseante o ceceante era el tipo de español que se trajo a las Islas a partir de principios del siglo XV, que no era otro que el andaluz occidental. Por tanto, estas palabras nunca pudieron pronunciarse como Yaiza, Tazacorte, Zonzamas… ¿Cómo se explican entonces ortografías tan extraña a la fonética de nuestro dialecto? ¿Serán errores de escribanos que no conocían bien las convenciones ortográficas de la lengua española? ¿Se tratará de confusiones de gentes que, por analogía o etimología popular, identificarían estas extrañas voces insulares con voces similares españolas con zeta? ¿Serán ultracorrecciones de las formas originarias, por el prejuicio tan común de que el seseante hablante de las Islas no atinaría a pronunciarlas correctamente? ¿Nos encontraremos ante transliteraciones de la pronunciación ceceante con que las ejecutarían algunos isleños, sobre todo de las islas orientales? Nada de ello sabemos a ciencia cierta. Lo que sí sabemos con total seguridad es que estas zetas antietimológicas resultan enteramente distorsionadoras de la naturaleza verdadera de las expresiones que representan. Evidentemente, no por culpa de los hablantes isleños, que, pasando olímpicamente de la zeta que contiene su escritura, han pronunciado Aseró, Ayose, Dásil, Guasimara, Guasa, Guarasoca, Guise, Magues, Marsagán, Mosaga, Nauset, Órsola, Tasacorte, Yaisa y Sonsamas desde los orígenes de su dialecto, como demuestra de forma fehaciente la documentación antigua (incluso no tan antigua) del Archipiélago, donde todas estas voces suelen aparecer ortografiadas con ese. Pero sí por culpa de los hablantes castellanos, que, dejándose arrastrar por el engaño ortográfico de los siglos posteriores, pronuncian Aceró, Ayoze, Dácil, Guacimara, Guaza, Guarazoca, Guize, Máguez, Marzagán, Mozaga, Nauzet, Órzola, Tazacorte, Yaiza y Zonzamas, con una explosiva sibilante fricativa interdental que nunca ha existido en la verdadera pronunciación de estas palabras. Y lo peor del hecho que comentamos no es tanto que estos hablantes foráneos atribuyan a estas voces una pronunciación que no ha existido nunca, sino que, valiéndose del prestigio de que goza en todo el mundo hispánico la modalidad lingüística que practican, piensen que son ellos, y no los hablantes canarios, los que pronuncian correctamente, imponiendo así esta ortografía espuria en todo tipo documentación, cartelería, mapas y letreros de carreteras. ¿Tiene alguna solución este desaguisado ortográfico? Pues, probablemente, no, puesto que, una vez que una forma gráfica echa raíces en la conciencia del pueblo, muy difícil resulta desarraigarla de ella. Más allá de que haga o no justicia a la fonética de la expresión que representa, el tiempo suele convertir la escritura en emblema de su representado y de la persona, animal o cosa que este designa; un emblema que, por su carácter visual y fijeza, tiene muchísimo más poder que la pronunciación, que, por entrar por el sentido del oído, resulta más fugaz que la letra. Para comprobar hasta qué punto tiene carácter simbólico la zeta en la escritura de las palabras que consideramos, bastaría con preguntar a las tantas Yaizas, Ayozes, Dáciles y Guacimaras que hay por el mundo cómo se sentirían si de la noche a la mañana se apeara a sus bellos nombres de la zeta que les endilgaron un día unos escribanos o escribientes ignorantes y se representaran bajo las formas escritas Yaisa, Ayose, Dásil y Guasimara, que, con las normas ortográficas de la lengua española en la mano, es la única manera de hacer justicia a su verdadera pronunciación. El caso que comentamos pone claramente de manifiesto que a veces no son tanto los hablantes populares los que tergiversan la realidad histórica de la lengua que hablan, sino los hablantes cultos o pseudocultos, que, prevaliéndose del discutible prestigio de que gozan, terminan imponiendo sus prejuicios e ignorancias no sólo a la gente de su propia lengua o dialecto, sino también a la de la lengua o dialecto de los demás.

Académico fundador de la Academia Canaria de la Lengua