Lo que comenzó siendo una arrojadura política provocada por la rabia que me dio -y me sigue dando- que el debate más importante en nuestro Parlamento sea tan enlatado, tan previsible y tan alejado del día a día de la mayoría de las canarias y los canarios, acabó siendo una trilogía. Aquí va la tercera parte.
En la primera parte, ahondamos en los motivos de esa premeditada y perfectamente diseñada lejanía entre instituciones y pueblo. En el segundo artículo, nos centramos en la ausencia de participación popular en el Estatuto de Autonomía, en todo lo que podría ser y por desgracia no es. De momento por supuesto, todo se andará. Es más, aunque no lo nombremos, ya el camino se está andando y es irreversible; guste más, guste menos.
Los procesos constituyentes no se decretan en lujosos salones, empiezan a nacer cuando se quiebran consensos sociales, y en Canarias el que llevaba vigente desde hace décadas en torno al monocultivo turístico se está resquebrajando. Nunca leerán ni un milímetro de derrotismo en estas líneas.
Imposible hablar de pueblo canario, de futuro, de territorio, de democracia, de participación, de modelo productivo, de servicios públicos, de índices de calidad de vida y de llegar a fin de mes sin hablar de la ley electoral. ¿Este tipo habla de elecciones sin estar en período electoral a pesar de la mala prensa que tienen? Sí, sí, hablo de elecciones. Por supuesto. Es más, como era de esperar, incluso la mala prensa que tienen es provocada y a los que manejan el cotarro en el archipiélago obviamente les interesa consolidar, expandir, aumentar hasta el infinito el descrédito social que tienen las dichosas elecciones y toda la parafernalia que las rodea.
En el contexto geopolítico en el que vivimos -que es geo pero también es político, no lo olvidemos- es absurdo pensar en cambios estructurales del modelo sin poder elaborar leyes, plasmarlas en el BOC e intentar que se cumplan. Y para llegar ahí, hay que participar y ganar elecciones. No hay otra. Bueno, sí hay otra, a unos cientos de kilómetros al este tenemos los interesantes procesos de empoderamiento y soberanía que se están viviendo en el Sahel, solo que hay una “sutil” diferencia: se están haciendo con fusiles en la mano. Obviamente, me refiero a que no hay otra en la realidad política y administrativa en la que nos encontramos. Y quien no perciba esto como un privilegio, quizás debería darle una vuelta.
Pero volvamos a nuestra realidad concreta, volvamos al derecho a votar que nadie nos regaló, por mucho que en Canarias vivamos con una democracia de baja intensidad, y que nos han hecho creer que no sirve para nada. ¿Es acaso mentira? ¿Realmente sirve para algo? La respuesta a esa pregunta es terrorífica: en Canarias, votar sirve menos que en el resto del Estado. Se me pone la piel de gallina solo de escribir tal afirmación. Y más aún sabiendo que es verdad y es fácilmente demostrable.
860.121 personas. Quédense con esa cifra. 860.121 son las personas que NO votaron en las últimas elecciones canarias. Se dice rápido. Eso es mucha gente. Muchísima. Es aproximadamente el 50 % de las personas que podíamos votar, es prácticamente la mitad de Canarias.
Las causas son múltiples y sería muy pretencioso tratar de desgranar esa complejidad en un humilde artículo de prensa, pero hay algo que normalmente no se nombra y que juega un papel fundamental en el hecho de que cientos de miles de canarios y canarias no tengan ni voz ni voto en el lugar en el que se deciden las leyes que afectan a sus vidas de arriba abajo: la convicción y la certeza de que su voto no cuenta, que vale muy poco o directamente nada.
Esa acertadísima percepción que está en el consciente y en el inconsciente de una parte importante del pueblo canario tiene que ver directamente con sufrir la ley electoral más injusta, con diferencia, del Estado español. Y una de las más injustas de la Unión Europea y otras realidades asimilables.
Pero no todo es la percepción, aún recuerdo con dolor un encuentro casual en un proceso electoral en el que un pibito me dijo pasando por una plaza: “¡Ey Alberto! Si yo pudiera, te votaba”. Era pibito, pero no tan pibito, y me animé a decirle: “pero muchacho, ¿tú cuántos años tienes?”. La respuesta me golpeó: “21”. Allí estuvimos hablando y le expliqué que tenía derecho a voto al tener más de 18 años -cosa que él desconocía-.
Es doloroso pero a nadie se le escapará el motivo por el cuál se permite e impulsa que haya población sin conocimiento de los mecanismos democráticos básicos, y pasa en Argual, en Las Remudas, en Argana, en San Isidro o en cualquier barrio o pueblo de nuestras islas.. Es solo una vertiente más de la deshumanización que provoca un sistema de acumulación de unos pocos, que necesita extender la aculturización y la desmemoria en sus raíces y en sus derechos a generaciones enteras. Es un drama nacional para Canarias, un drama provocado milimétricamente.
La complicidad de parte de la izquierda “intelectual” también la conocí en mis carnes. Aún recuerdo cómo una figura relevante de esos mundos se me acercó en una fiesta popular cuando se conoció que yo era candidato al Congreso de los Diputados y me dijo en seco: “tú sabes que no estás a la altura de eso, mejor deja a otras personas más formadas”. Fue muy esperanzador comprobar que su vaticinio no fue acertado y que el pueblo canario demostró votando democráticamente no estar podrido de clasismo y falsa superioridad moral como buena parte de esa izquierda “intelectual” de salón y academia. Mucho tiempo después tuve que escuchar en la sede del Tribunal Supremo a un canario criado en los jesuitas, con acento cambiado, en los mismos términos: “usted es un delincuente”. Pero como decía Pepe Mújica, nacimos para vencer el miedo al miedo. En este pueblo permanentemente condicionado, permanentemente alterado, permanenteme ofrecido a “te publico un libro”, “te doy una entrevista si te portas bien”, permanentemente forzado a ser el buen indígena, siempre habrá gente que enarbole la bandera de la dignidad, y Drago Canarias y otros colectivos son buena muestra de ello.
Yo conozco muchas acusaciones, muchas agresiones, muchas amenazas de perder el trabajo, y eso no les otorga impunidad a quienes las llevan a cabo, porque las emplean con gente que que no tienen “poder” para defenderse, con gente que tiene familia a la que alimentar o facturas que pagar, porque en definitiva no se merecen ese castigo por intentar participar políticamente de la sociedad de la que forman parte. Soy y somos conscientes de quiénes señalan y por qué señalan, por no hacerlo largo: para favorecer el actual sistema de poder que nos lleva a la destrucción como pueblo y como territorio. La libertad con la que tanto se les llena la boca es justo lo contrario a eso.
Quizás mucha gente no conoce cuestiones tan necesarias como que la ley electoral canaria tiene un sistema doble de barreras que hace muy difícil obtener representación, un 15 % insular y un 4 % archipielágico. Si no llegas a ese tope, ni se cuentan los votos recibidos por esas candidaturas. Para que nos hagamos una idea, en Tenerife ese tope fue de 59.000 votos en las últimas elecciones, en Fuerteventura de 5.700 o en La Palma de 6.600. Muy democrático todo.
Quizás tampoco sepan que significa la triple paridad del sistema electoral canario, que aunque levemente modificado recientemente, sigue premiando el voto de unos canarios sobre otros en función del lugar en el que vayas a las urnas. Pueden valer el doble, el triple o diez veces más, todo dependiendo del código postal. Y no, no tiene porque ir en detrimento de la justa representación de todas nuestras islas, existe una vía clara para que la representación sea amplificada y más representativa de forma inclusiva.
Lo que sí sabe mucha gente en nuestra tierra es que votar a una opción electoral diferente a “las de siempre” signifique, muy probablemente, botar el voto. Eso es perverso. Y grave, muy grave. Porque además ataca directamente a la capacidad de la sociedad canaria de organizarse y dar la batalla en las instituciones.
Si votar a determinadas opciones políticas puede parecer una pérdida de tiempo, imagínense ya el nivel de masoquismo y convencimiento que hay que tener para intentar organizar una candidatura. Es prácticamente imposible que alguien se anime, y eso atenta directamente a nuestra libertad como pueblo, ni más ni menos.
La ley electoral que tenemos nos hace menos libres, así de sencillo. El pasado gobierno del Pacto de Flores tuvo la oportunidad de impulsar una Canarias más democrática y decidió dejarlo casi como estaba, las consecuencias las paga Canarias, como en Cuna del Alma, en La Pavona, en Corralejo, en Chira Soria, mucho bla blá, pero a quemar la tierra. Quien ahora silencie ese desgobierno atacando al actual -más desgobierno- va por el camino de apoyar indirecta o directamente, la destrucción de nuestro hábitat, de nuestro país.
Necesitamos y merecemos una norma electoral que fomente la participación, que garantice que el Parlamento de Canarias sea, al menos, una representación fiable de lo que el pueblo canario expresa en las urnas, y que garantice que todas las islas del archipiélago tengan voz y voto proporcional y justo.
El pueblo habla en las calles, en los centros de trabajo, se organiza, se asocia, brega por sus derechos, se moviliza y también vota. Y todo debe poder hacerlo en libertad y en las mejores condiciones democráticas y eso en Canarias, de momento, no ocurre.
Necesitamos, en definitiva, mayor pluralidad de voces y sensibilidades en las instituciones políticas para que la injusticia y la impunidad dejen de dominar nuestras vidas, nuestros destinos y nuestras islitas.
- Concejal de Drago Verdes Canarias en La Laguna
