Por Marcial Morera.| Si la mujer del ciudadano español Pedro Sánchez Pérez-Castejón y el novio de la ciudadana española Isabel Natividad Díaz Ayuso se llaman “Begoña Gómez Fernández” y “Alberto González Amador”, respectivamente, ¿por qué se refieren a ellos con las perífrasis “la mujer de Sánchez” y “el novio de Ayuso” los políticos y los medios de comunicación (prensa, radio y televisión) nacionales? Pues, simplemente, porque lo que les interesa no son las personas particulares Begoña Gómez y Alberto González, sino las personas públicas Pedro Sánchez (o Sánchez, a secas) e Isabel Díaz Ayuso (o Ayuso, a secas), que ostentan los cargos de presidente del Gobierno de España y presidenta de la Comunidad de Madrid, respectivamente. Con los nombres propios “Begoña Gómez” y “Alberto González” se limitarían a mencionar de forma absoluta a los individuos concretos que estas denominaciones mostrativas designan, de manera que todos los actos que se les atribuyeran se entenderían de responsabilidad exclusivamente suya. Por eso ejerce la gente sus derechos y obligaciones inalienables con su nombre propio, que es el que aparece recogido en el registro civil.
Sería absurdo que, a la hora de identificarnos al votar en unas elecciones, presentar la declaración de la renta, testificar ante el juez o matricularnos en la universidad, por ejemplo, pretendiéramos hacerlo con nombres perifrásticos como “hijo de Fulano”, “marido de Mengana” o “sobrina de Zutano”. De ahí que carezcan de interés, más allá de lo personal, expresiones como “delitos de Begoña Gómez” y “delitos de Alberto González”. Los hechos aludidos en estas expresiones objetivas solo podrían tener interés para la policía y para los jueces, pero no para los ciudadanos en general, porque no poseen morbo. Por el contrario, con las expresiones “delitos de la mujer de Sánchez” y “delitos del novio de Ayuso” no se apunta tanto a Begoña Gómez y a Alberto González, que pasan ahora a un segundo plano, porque su mención aparece diluida en nombres comunes (en los nombres de parentesco “mujer” y “novio”, respectivamente), sino a Pedro Sánchez y a Isabel Díaz Ayuso (es decir, al presidente del gobierno de España y a la presidenta de la comunidad de Madrid), que son los que aparecen retratados en ellas con los nombres que más fuerza semántica ostentan en las lenguas naturales, que son los propios. En esta manera de hablar, la atención se focaliza, no tanto en lo designado por los nombres comunes “la mujer” y “el novio” que actúan como núcleos de la expresión, sino en los nombres propios “Sánchez” y “Ayuso” que funcionan como complementos, sugiriendo sibilinamente, de pasada, que las personas designadas por estos antropónimos pudieron proteger e, incluso, alentar desde sus respectivos cargos públicos los presuntos delitos que se denuncian. De ahí el morbo que implica esta manera de hablar.
Formuladas las cosas así, ni los supuestos delitos de la mujer de Sánchez son delitos de Begoña Gómez, sino del presidente del gobierno de España Pedro Sánchez; ni los supuestos delitos del novio de Ayuso son delitos de Alberto González, sino de la presidenta de la comunidad de Madrid Isabel Díaz Ayuso. Se trata de un uso torticero de lo que la vieja Retórica denomina metonimia, que consiste en, según define la Real Academia, “designar algo con el nombre de otra cosa, tomando el efecto por la causa o viceversa, el autor por sus obras, el signo por las cosas significadas, la mujer o el novio del presidente o la presidenta por el presidente o la presidenta (añadimos nosotros), etc.”; en este caso en concreto, con la aviesa intención de engañar a la gente y descalabrar al rival político.
En realidad, con las perífrasis “delitos de la mujer de Sánchez” y “delitos del novio de Ayuso” no se pretende informar objetivamente al ciudadano, sino manipularlo políticamente. Son armas de debate ideológico, no textos informativos. La primera de ellas es un misil del PP contra el PSOE; la segunda, un misil del PSOE contra el PP. Hasta tal punto es esto así, que podría decirse que entre “los delitos de la la mujer de Sánchez” y “los delitos del novio de Ayuso” anda el juego de la política española actual.
Sutiles e inmorales manipulaciones del lenguaje como las que nos ocupan fueron las que indujeron a Platón a proponer el destierro del estudio de la Retórica de las escuelas de la república y fomentar el estudio de la Dialéctica, que es quien enseña a llegar a la verdad, exponiendo los argumentos que sean del caso de forma objetiva y racional.
*Catedrático de Lengua española de la ULL

