En la política democrática, la capacidad de entendimiento, de búsqueda de acuerdos, de acercamiento entre las diferentes posiciones, constituye, qué duda cabe, una buena tarjeta de presentación. Sin embargo, con frecuencia la apelación a un diálogo que se convierte en fin encubre la incapacidad o la imposibilidad, deliberada o no, de solucionar real y seriamente los problemas planteados. En tantas ocasiones no es más que señal de comodidad, del temor a los principios.
En efecto, a veces, ahora lo estamos experimentando, se renuncia a principios o a convicciones en nombre de un consenso que se idealiza con tal de que el poder, la poltrona sea el objetivo a alcanzar. Probablemente, uno de las más graves enfermedades que aqueja a nuestras democracias en Occidente reside en que con frecuencia se juega demasiado con las palabras en una exaltación de las formas que esconde un profundo desprecio a los grandes conceptos que permitieron liberar a tantos europeos del yugo del Antiguo Régimen.
Junto a esta permanente desnaturalización de los conceptos, que se interpretan al servicio de lo que más convenga, no siempre a favor del bienestar general e integral de las personas, nos encontramos con que la apertura de diálogos o de mesas de concertación se emplean para dilatar soluciones mientras se aprovecha el tiempo para fenomenales operaciones de agitación y propaganda, cada vez de más actualidad en tantas latitudes.
El diálogo, el entendimiento es, sin embargo, una gran herramienta, un instrumento político de primer orden que cuándo se utiliza legítimamente proporciona relevantes réditos. Se trata, en estos casos, de explorar posibilidades de acuerdo, de colocar en el centro de la deliberación la dimensión humana del problema y así aproximar posiciones.

