Por Marcial Morera
Como toda actividad profesional habida y por haber, ese oficio tan importantísimo para la cultura de los pueblos que es la traducción, que derriba las fronteras que existen entre lenguas y culturas, con lo que ello implica de universalización y enriquecimiento del conocimiento humano, puede ejercerse de dos maneras radicalmente distintas: de manera competente o ejemplar y de manera incompetente o chapucera. La traducción se ejerce de manera competente o ejemplar cuando el traductor, después de comprender a la perfección el texto de partida, porque conoce bien tanto las lenguas implicadas en el proceso de la traducción como el tema que se trata en la obra que se traduce, tiene la pericia de seleccionar en la lengua meta las palabras y las expresiones que mejor cuadran en ella a los valores formales, denotativos y hasta connotativos de la lengua de salida. Así las diversas traducciones de la Biblia llevadas a cabo por los padres de la iglesia y la que nos dejó Javier Marías del excelente The mirror of the sea. Memories and impressions, de Joseph Conrad, por poner ejemplos de épocas distintas. Labor creadora y hasta artística esta, que no sólo hace justicia (hasta donde esto es posible en el empeño siempre imposible de la traducción cabal) a la obra que sea, sino que incluso puede equipararse a ella y hasta superarla. Impecables son en este sentido la traducción que hizo Fray Luis de los versos de Horacio y la que realizó Quevedo del epigramista Marcial o de Séneca. Y la actividad de la traducción se ejerce de manera incompetente o chapucera cuando el que la realiza es incapaz de encontrar en la lengua de llegada las correspondencias que menos daño hacen al texto de partida porque no lo ha entendido a derechas, bien por falta de conocimiento adecuado de las lenguas implicadas en el proceso de la traducción, bien por desconocimiento del tema que en aquel se trata. Un ejemplo de esta indigencia traductora nos lo proporciona la torpe y confusa versión española “Si filosofar es dudar, como dicen, con mayor razón conjeturar, como yo hago ha de ser dudar. Pues a los aprendices corresponde preguntar y debatir y al catedrático resolver” que proporcionan ciertos profanadores de textos ajenos del párrafo “Si philosopher c’est douter, comme ils disent, à plus forte raison niaiser et fantastiquer, comme je fais, doit estre doubter : car c’est aux apprentifs à enquerir et à debatre, et au cathedrant de resoudre” con que arranca el ensayo de Montaigne “Coustume de l’Isle de Cea”. Más acertado hubiera sido traducir: “Si, como suele decirse, filosofar es dudar, con mayor razón serán dudar divagar y fantasear, que es lo que hago yo. Lo propio de los aprendices es inquirir y cuestionar y de los catedráticos, resolver”. Nunca se insistirá lo suficiente en los daños que suelen provocar los prevaricadores de la traducción (que, más que derribar fronteras, lo que hacen es levantarlas) a los lectores de sus textos en particular y a la cultura en general. En primer lugar, son los malos traductores enormemente dañinos porque confunden a los lectores ingenuos, proporcionándoles información que nada tiene que ver con el texto que se traduce, o porque simplemente los dejan in albis respecto de lo que se dice en ellos. En segundo lugar, son dañinos por el tiempo que hacen perder a los lectores más exigentes cuando intenta interpretarla, viéndose forzados a acudir a los originales para resolver las dudas que aquellas les suscitan. Si uno quiere entender lo que se dice en la mencionada traducción del texto de Montaigne, no queda otro remedio que acudir al original o las traducciones que de ella han realizado traductores de mayor competencia que los citados para despejar las graves dudas que aquella suscita. En tercer lugar, son dañinos porque sus supercherías pueden perpetuarse en la tradición, convirtiéndose en verdades incontestables. Y, en cuarto lugar, son dañinos los malos traductores porque, como los lectores atribuyen a los autores lo que aquellos ponen en su boca, la mala traducción termina socavando su fama y gloria. ¡Pobre de Homero, Montaigne, Shakespeare o Dante si sólo fueran conocidos por las versiones que de sus sublimes obras han perpetrado tantos malos traductores! Por eso, es a los malos traductores (y no a los traductores en general) a los que con toda la justicia del mundo corresponde el dictado de “traidores” que han aplicado siempre los críticos de la traducción a los traductores en general. Nada más dañino para el crédito de un novelista, poeta, ensayista o científico que los traductores incompetentes o chapuceros.
*Catedrático de Lengua española de la ULL
