Por Juan Luis Calero
El personaje de mi repertorio que más hacía reír a Domingo Álvarez era Domingo Luna, un venezolano ficticio nacido en Barquisimeto, que regentó una arepera que nadie ha visto. Arepera Luna, pague dos y llévese una. Este era el slogan de la publicidad engañosa de esta arepera, donde también podíamos degustar el pabellón criollo y las cachapas con queso mano. A mi amigo Domingo, que ya está en el cielo, le gustaba que hablara sin guachafitas, sin mamadera de gallo. Y mientras yo iba estrujando giros de nuestra querida Venezuela, Domingo no paraba de reírse a carcajadas. Me gustaba verlo reír. Domingo mezclaba el rigor profesional con un humor serio y bien medido, que desplegaba con ternura a la primera de cambio.
Domingo se alegraba de los éxitos del otro. No se entristecía cuando los demás triunfaban. Con él coincidí durante algunos años en TVE en Canarias, donde aprendimos a hacer televisión con un estilo que no está a la orden del día. Me asombraba su extraordinaria memoria ante la cámara. Hablábamos mucho de la radio irrepetible de Juan Manuel Gozalo y de Chema Abad, por ejemplo, con quienes mantuvo una excelente relación más allá del estudio. Con él grabé un spot para que el colesterol no nos pusiera al límite, lo grabamos en Masca, allí donde las guaguas dan la vuelta a duras penas debido a la sobredosis de visitantes.
Nunca le pagaré a Domingo aquel gesto de cariño cuando me rescató de mi exilio televisivo. En esos años de olvido y de zancadillas. Me dio la oportunidad de volver a las azoteas por unos meses, en otro tono, que nada tenía que ver con la inolvidable etapa en que se trabajaba hasta la extenuación, de la mano de Juan Ramón Hernández, realizador y pilar fundamental de un programa que batió todos los récords de audiencia. De esta manera pienso recordar a Domingo. No voy a entristecerme como los que no tienen esperanza, en esta época de desalojo de Dios, al que, ahora, disfrazan con nomenclaturas cursi como energía, buena vibra, universo y otras sandeces. Así era Domingo Álvarez, una persona sencilla, honrado con lo público hasta la obsesión, un humanista de los medios.

