Por Juanra Álvarez Pérez* | Una visión constructiva de las emociones desde el enfoque mindfulness que nos ayuda a gestionarlas de forma inteligente.
En general, podemos empezar preguntándonos ¿qué es una emoción? Y podemos aseverar, groso modo, que son procesos mentales que se pueden manifestar de diferentes maneras a nivel expresivo, fisiológico (ritmo cardiaco, alteración de la respiración, conductancia de la piel, temperatura, etc.) y conductual. Incluso se pueden bloquear algunas partes del cerebro en función de la intensidad de la emoción.
En este sentido, resulta importante conocer la etimología de la palabra porque su significado proveniente del latín nos permite entenderla como emotio, dirigida a lo que se mueve o a lo que nos impulsa a actuar. De esta manera, podemos constatar que la emoción es una invitación a la acción.
Para comenzar, una de las principales dificultades que nos imponemos es la de etiquetar a las emociones como positivas o negativas, correctas o incorrectas. Esto sería un enfoque limitante para el ser humano porque nos somete al condicionamiento de su regulación, ya que a nadie le gusta relacionarse con lo negativo y, en este caso, lo haríamos desde el rechazo, el recelo, la lucha o la huida. Según la profesional de la salud mental y emocional Olaya Menéndez, terapeuta especializada en mindfulness y gestión de la ansiedad, nos dificulta una gestión saludable.
Desde mi punto de vista y experiencia mindfulness, resulta más eficaz y saludable entender las emociones con adjetivos relativos a lo agradable o desagradable, cómodo o incómodo, expansivo o contractivo. Evidentemente, unas son más fáciles y otras más difíciles de sentir.
Porque, ¿qué hay de incorrecto en sentir tristeza cuando perdemos a alguien o algo que nos importa?, ¿qué hay de incorrecto en sentir rabia cuando se traspasan unos límites que yo considero que necesito para estar bien?, ¿qué hay de incorrecto en sentir culpa cuando mi acción o inacción ha generado daños a terceros?
Esta perspectiva nos permite evaluar mucho la información tan importante que nos trae la emoción. Por ejemplo, ¿a qué nos puede estar invitando la tristeza?, ¿qué tipo de energía tiene la tristeza? Habitualmente, la tristeza aparece cuando hay una pérdida o un cambio que nos es voluntario en nuestras vidas. Nos enfrentamos a una nueva realidad y los seres humanos necesitamos procesar esos cambios y tiempo para transitar ese duelo acompañado de la baja energía, que nos invita a hacer las cosas más despacio, a reflexionar en intimidad para hacernos una idea de la nueva realidad y soltar lo que se marchó.
Todo esto consume mucha energía y necesitamos bajar su ritmo y rentabilizarla para dedicarle tiempo a este proceso y hacerme una idea de lo nuevo. Aquí son importantes los gestos de abrazar, sostener, acompañar, para ayudarnos a transitar estos momentos difíciles de nuestras vidas. Si esta emoción se atasca o se bloquea, ya necesitaríamos un apoyo externo que nos ayuda al desbloqueo.
Las emociones nos anuncian necesidades
Por ejemplo: ¿cuándo aparece la culpa? Cuando hacemos algo que va en contra de nuestros valores o cuando hacemos un mal a alguien. En este caso, la culpa me está hablando de la necesidad de reparación, de explicar, de reconectar, de buscar la coherencia. La culpa puede funcionar como una brújula en la ruta de valores que tenemos.
¿Cuándo y por qué aparece la envidia? Esta emoción tiene mala prensa y surge como una fuente de información de nuestras necesidades de evolución, de expansión, de mejora, de cuidar el bienestar. Si alguien me despierta envidia, me está dando información sobre lo que yo quiero para mí, lo que a mí me mueve, y funciona como un motor para hacerme preguntas sobre lo que realmente deseo o no deseo. Y, habitualmente, todos/as sentimos envidia. La clave es ¿qué hacemos a nuestro favor con eso que sentimos? ¿Estoy haciendo algo para conseguir lo que quiero?
¿De qué necesidades nos puede estar hablando la ira o el enfado? Nos pone en acción para establecer límites, para defender nuestro espacio físico, mental o emocional si alguien nos lo ha quitado. También aparece cuando tenemos una necesidad de empatía, ya que no se nos entiende y nadie se ha puesto en nuestro lugar.
Por consiguiente, cuando cultivamos esa consciencia emocional, tenemos la posibilidad de identificar esas necesidades y cuidarnos de manera más amable, responsable e inteligente a nosotros/as mismos. Seré capaz de extraer lo que necesito a través de lo que me pasa y generar estrategias para proteger esas necesidades de forma eficaz y autónoma, cuya consecuencia es elevar nuestro estado de bienestar y de adquirir la sensación de control y poder personal. Y todo esto lo podemos aprender y entrenar. Es una aventura para el autoconocimiento y para aliviar el sufrimiento innecesario.
Lo que necesitamos realmente es aprender a sentir, a identificar nuestros estados emocionales, a acompañarnos, a atender nuestras necesidades y recuperar el equilibrio. Hay una relación muy significativa entre el bienestar y las necesidades identificadas y atendidas.
Lo que nos mueve y lo que nos bloquea
El equilibrio emocional basado en mindfulness implica estar en contacto con nuestras emociones, vivirlas plenamente y, al mismo tiempo, cultivar con paciencia los hábitos del corazón y de la mente que fomenten la paz y la alegría en nosotros y en quienes nos rodean, según Gonzalo Brito, psicólogo clínico experto en mindfulness y compasión.
La práctica de la atención plena ofrece unas herramientas específicas para cultivar y mantener la conciencia de todos los estados mentales, emocionales y físicos.
Por esto, uno de los fenómenos que más nos daña es la resistencia a sentir o a no querer sentir las emociones. Desde la filosofía budista, Siddhartha Gautama (563 a.C.) nos enseñó que hay un dolor primario que es consustancial a la vida y al ser humano, y este se encuentra en aquellas situaciones que son inevitables como: la pérdida de seres queridos, el proceso de envejecer, padecer enfermedades o sentir las emociones difíciles como la frustración, la ira, la decepción, ansiedad, confusión, etc. No podemos pasar por la vida sin experimentar estas cosas.
Por el contrario, hay un sufrimiento secundario o evitable que es causado por nosotros/as mismos al rechazar o no querer sentir esas emociones derivadas de los acontecimientos naturales de la vida. Cuando le añadimos resistencia al dolor, aumentamos ese estado y lo prolongamos en el tiempo. Aparece lo que denominamos psicológicamente, miedo al miedo.
“Lo que se resiste, persiste” (Carl Gustav Jung). Todas las personas venimos al mundo con la capacidad de sentir y estamos preparados para aprender el arte de acompañarnos en la incomodidad, como acto de amor propio.
Les invito a sentir esta parte incomoda de la vida con consciencia y autocompasión, activando todas las posibilidades y recursos que nos fortalezcan la confianza. “Utilizar la cabeza en vez de ser utilizado por ella”.
*Psicólogo
