Por Ana O. García | Vivimos en un país en el que los problemas se acumulan sin que nadie los enfrente con seriedad. La clase política, tanto quienes gobiernan como quienes hacen oposición, ha demostrado estar muy por debajo del nivel que exige la situación actual. La sensación de abandono es generalizada. Y con razón. Las crisis se suceden una tras otra: migración descontrolada, catástrofes naturales sin respuesta eficiente, una administración pública lenta, obsoleta e incapaz de atender a quienes más lo necesitan. A esto se suman problemas estructurales que ya rozan lo crónico: la dificultad de acceso a la vivienda, especialmente para los jóvenes; una sanidad pública debilitada y desbordada; el aumento de la pobreza infantil; un sistema educativo desigual; el desempleo estructural, la precariedad laboral y la falta de expectativas para quienes intentan salir adelante con esfuerzo. A ello se añade la escasa inversión en innovación y servicios públicos, y una preocupante brecha territorial que condena a muchas regiones al olvido.
Canarias, como otras zonas periféricas, es un claro ejemplo de ese abandono. Las consecuencias del aislamiento insular, los efectos de una economía dependiente del turismo, los sueldos bajos, los precios altos y el olvido de las infraestructuras básicas son problemas históricos que siguen sin abordarse con valentía. Pero hay uno que marca profundamente nuestro presente: la gestión migratoria. La llegada constante de personas migrantes, muchas veces en condiciones inhumanas, no sólo visibiliza la falta de medios y planificación, sino también el agotamiento de una población que, en muchas ocasiones, siente que gestiona sola un problema que no le corresponde afrontar sin ayuda. Lo más preocupante es que, gobierne quien gobierne, el resultado es similar. Porque el verdadero problema es que la política ha dejado de entenderse como lo que realmente es: un servicio al ciudadano. Se ha convertido en un fin en sí misma, en la que la prioridad ya no es gestionar ni resolver, sino resistir en el cargo. Y así, cada día que pasa sin cambios reales, se multiplica la desafección ciudadana. La corrupción, además, es un mal que lo contamina todo. Ya no es algo excepcional: es sistémico. Casos que estallan, nombres que cambian, siglas distintas… pero el patrón se repite. Y aunque la justicia hace su trabajo, demasiadas veces los responsables esquivan las consecuencias o se protegen detrás de los vacíos del sistema. Se ha instalado una cultura de la impunidad que degrada las instituciones y socava por completo la confianza pública. Ante este panorama, la reacción de la sociedad ha sido, en gran parte, el silencio. Un silencio que nace del cansancio, de la decepción, de la sensación de que nada va a cambiar. Pero ese silencio, aunque comprensible, es peligroso. Porque si dejamos de exigir, de participar, de señalar lo que está mal, estamos dejando vía libre a quienes ya han demostrado no estar a la altura. No se trata de gritar más fuerte, sino de no normalizar lo inaceptable. De no conformarnos con que “todos son iguales” como excusa para mirar a otro lado. De recuperar la conciencia crítica, la voz ciudadana y recordar que la democracia no es sólo votar cada cuatro años: es vigilar, reclamar y construir.
Estamos tan acostumbrados a nuestras “quejas de barra de bar”, que hemos olvidado que ninguna sociedad mejora sólo con indignación. Poco a poco, nos hemos resignado a aceptar lo mínimo, a sobrevivir sin esperanza de que las cosas puedan cambiar. Y, a veces, ese silencio no es sólo cansancio: es miedo, es apatía, es una forma de protegerse cuando uno siente que no tiene ya fuerza ni voz. Pero precisamente por eso debemos despertar. Porque ese silencio, aunque humano, termina siendo cómplice. Este país, y esta tierra, merecen más. Y también nosotros. Pero no lo tendremos si seguimos callando. Porque el silencio, cuando se hace costumbre, se convierte en una forma de rendición. No escribo esto desde el enfado fácil ni desde la distancia. Lo escribo porque he creído en la política como herramienta de transformación. Precisamente por eso, hoy me duele tanto lo que veo. Y por eso no puedo callar.
