tribuna

En memoria de Manuel Hermoso Rojas

Por Rosa Dávila

Esta semana nos ha dejado Manuel Hermoso, y con él se va una parte fundamental de la historia moderna de Canarias. No solo despedimos a un presidente carismático, a un alcalde legendario, a un político clave en la construcción de nuestra autonomía. Despedimos a un hombre que supo mirar a su tierra con amor, con ambición y con visión de futuro.

Nació en La Laguna en 1935 y su vida estuvo marcada por el compromiso hasta el último minuto. Como alcalde de Santa Cruz, no solo gestionó una ciudad, sino que, junto a su amigo Adán Martín, la transformó por completo. Supo abrirla al mar, pensarla para el futuro, dotarla de dignidad. Igualar los barrios con el centro era su obsesión. Quienes caminamos hoy por el Parque Marítimo o la ampliación de la ciudad hacia Cabo Llanos sentimos aún su pulso. No es casual que, precisamente allí, una avenida lleve su nombre.

Fue el primer presidente en liderar las Islas desde el nacionalismo canario, creando una voz propia de Canarias que no era ni sumisa ni aislada. Presidió el Gobierno de Canarias entre 1993 y 1999, creando puentes y buscando consensos, convencido de que, para defender Canarias, había que sentarse a negociar sin perder la dignidad.

A él le debemos un salto enorme en el autogobierno y nuestro reconocimiento como región ultraperiférica, nuestra policía autonómica, la radio y la televisión canaria o nuestro himno; todos, elementos de identidad que nos han construido como un pueblo único. Él sabía que eran necesarios si queríamos dejar de ser islas para convertirnos en una nacionalidad.
Manuel Hermoso fue el gran ingeniero del moderno nacionalismo canario. Lo construyó desde la generosidad y el encuentro, sin polarización, poniendo en valor aquello que nos unía a todos, por encima de lo que nos separaba. Desde el principio supo que Canarias, islas y nación, necesitaba un partido de obediencia únicamente canaria. Y eso, hoy, es más importante que nunca.

Pero más allá de los cargos, Manolo Hermoso, como muchos lo llamábamos, tenía ese raro talento de hacerse querer. Serio, sí. Pero con esa chispa que nunca se apaga. Cercano, directo, sin alharacas. Uno de esos hombres que sabía que la política es servicio y no espectáculo.

Hoy, en este adiós, sentimos que se va un símbolo, el “alcalde de Canarias”. Pero su legado no se borra, porque los grandes líderes nunca mueren del todo. Está en los que aprendimos a hacer política con él, con los que siempre tuvo la generosidad de sabios consejos. Está en una ciudad que lleva su sello. Y está, sobre todo, en esa manera suya de creer en Canarias sin complejos, con esperanza.

Gracias, Manolo, por tanto. Por enseñarnos que se puede gobernar con firmeza y humildad. Que se puede ser estadista sin dejar de ser una persona afable y cercana. Tu ausencia duele, pero tu ejemplo permanece.

Descansa en paz. Y que la tierra que tanto defendiste te sea leve.

*Presidenta del Cabildo de Tenerife