tribuna

Juicios y prejuicios sobre el español de Canarias

Por Marcial Morera

El lenguaje puede verse desde dos puntos de vista radicalmente distintos: desde el punto de vista subjetivo y desde el punto de vista objetivo. El punto de vista subjetivo, que es el que han practicado y siguen practicando los censores o Torquemadas del idioma, a pesar de las orientaciones descriptivistas de las ciencias del lenguaje de los últimos siglos, se limita a valorar la forma de hablar de la gente en función de su acomodación a la llamada “norma culta” (que es la propia de la burguesía), codificada en ortografías, gramáticas y diccionarios inflexibles, considerados ley de obligado cumplimiento para todo quisque. Desde este particular punto de vista, sólo se consideran correctas o ejemplares las expresiones que se acomoden a los preceptos académicos, en tanto que se reputan como incorrectas, vulgares, corruptas, degeneradas o solecistas aquellas que se aparten de ellos. Así, formas populares canarias como lléguemos, cántemos, háblemos…, del presente de subjuntivo, lleguemos, cantemos, hablemos…, del pretérito indefinido, y el adverbio temporal de anterioridad endenantes, por ejemplo, se consideran deformaciones o corrupciones del llamado “español culto”; deformaciones o corrupciones propias de analfabetos, gente bruta o animalitos que no saben hablar. Si los isleños usan frases como “Cuando lléguemos a casa, me pongo a preparar la comida”, “Cuando lleguemos ayer a Las Palmas, estaba lloviendo a mares” o “Lo vi endenantitos mismo”, por ejemplo, es porque ignoran tanto la conjugación correcta de la lengua española, que prescribe en estos casos las expresiones “Cuando lleguemos a casa, me pongo a preparar la comida” y “Cuando llegamos ayer a Las Palmas, estaba lloviendo a mares”, como la forma verdadera de su adverbio de anterioridad temporal, que no es otra que “antes”. El punto de vista subjetivo es, por tanto, un punto de vista valorativo o axiológico. Su propósito no es explicar lo que las palabras son en sí mismas y por sí mismas, sino valorar su uso, con el propósito, no tanto de que la gente hable bien, cuanto de controlar lo que dice. Los tiranos saben perfectamente que la lengua es algo muy peligroso para dejarla libre por la calle. Los puristas o normativistas no emiten juicios, sino prejuicios. Son tan patéticos, funestos y fúnebres, que, si la gente les hiciera caso, hace mucho tiempo que habrían hecho desaparecer de la faz de la tierra las lenguas con que inventa el mundo y se entiende el hombre y, con ellas, la libertad de expresión. Por el contrario, el punto de vista objetivo, que surge en los estudios del lenguaje más tarde que el subjetivo (en principio, con el venezolano Andrés Bello y, años después, con el ginebrino Ferdinand de Saussure), tiene como única finalidad analizar las lenguas y los dialectos en que estas se manifiestan en sí mismos y por sí mismos, independientemente de lo que ocurra en otras lenguas o dialectos del mundo (es decir, como si no hubiera otro que el que se analiza), para determinar su estructura y dar cuenta de su funcionamiento en la realidad práctica del hablar. Concretamente en el caso de nuestros ejemplos, lo que nos dice el punto de vista objetivo o científico es que el canario más popular emplea un mecanismo formal distinto del que emplea el español estándar para expresar esos constituyentes de la conjugación que la tradición gramatical denomina “presente de indicativo”, “pretérito indefinido” y “presente de subjuntivo”: mientras que este dispone sólo de dos formas (una (llegamos, cantamos, hablamos…) para los dos primeros y otra (lleguemos, catemos, hablemos…) para el tercero), aquel dispone de tres: una grave con vocal /a/ (llegamos, cantamos, hablamos…) para el primero, una grave con vocal /e/ (lleguemos, cantemos, hablemos) para el segundo y una esdrújula (lléguemos, cántemos, háblemos…) para el tercero. No hay, por tanto, en el español de Canarias más popular corrupción de la conjugación castellana, sino formalizaciones propias de la conjugación del español, como es evidente, más matizadas que las propias de la norma estándar del idioma, puesto que resuelve el problemático sincretismo que existe en ella entre la forma del presente de indicativo y el pretérito indefinido. Y, en cuanto al adverbio temporal endenantes, que, por otra parte, fue forma común en el español medieval, tampoco se trata de corrupción de nada, sino de una distinción temporal inédita. En Canarias, no significa lo mismo endenantes que antes: este se entiende en el sentido de anterioridad mediata; aquel, en el de anterioridad inmediata, como el español estándar (no el insular) distingue entre el pasado de anterioridad inmediata con el pretérito simple (comí, amé…) y el pasado de anterioridad mediata con el pretérito perfecto: he comido, he amado…. No puede decirse, por tanto, que el habla canaria empobrezca el sistema gramatical de la lengua española, sino todo lo contrario: lo enriquece con nuevas soluciones formales y semánticas, que a todos vendrían bien. El punto de vista objetivo es, por tanto, un punto de vista estrictamente científico. No valora o juzga los hechos en función de la clase social que los use, sino que describe qué significan realmente y qué aportan en la práctica de la comunicación, que es la única vía para conocerlos y valorarlos con rigor. No le interesan los juicios de valor. Le interesan los juicios de hecho.