tribuna

No es lo mismo matar que morir

Por Marcial Morera

No es necesario ser catedrático de lengua para saber que en español una cosa es morir y otra muy distinta matar, aunque el resultado final de las acciones designadas por estas dos palabras sea exactamente el mismo: es decir, dejar de existir. De un lado, morir significa dejar de vivir a secas, porque es verbo intransitivo. Nos morimos por cuenta propia, sin ayuda de los demás. La acción no trasciende del sujeto. La misma persona que desempeña la función de agente desempeña la de paciente: es decir, realiza y sufre el acto de quedarse sin vida simultáneamente. “Fulanito murió” quiere decir que Fulanito dejó de existir por sí mismo, sin que nadie lo privara de la vida o le ayudara a morir de una u otra manera. Las causas que provocan la muerte son internas. Tan personal es el dejar de vivir que implica el verbo morir, que a veces lo empleamos en forma reflexiva para que quede claro que el que muere lo hace por sí mismo: “Se murió”, “Me voy a morir” es lo que solemos decir en el lenguaje de todos los días de forma espontánea, más que “Murió” o “Voy a morir”. De otro lado, el verbo matar significa algo así como ‘hacer que alguien deje de vivir’, porque es transitivo. Aquí, el que deja de existir no lo hace por sí mismo o de forma voluntaria, sino que pierde la vida porque alguien se la quita. Agente y paciente son ahora personas distintas: es decir, el sujeto o agente es uno (que, como quita la vida, se convierte en homicida o asesino) y el complemento directo o paciente, otro (que, como pierde la vida, se presenta como víctima de aquel). “Mataron a Fulanito” implica, no que Fulanito dejara de existir por cuenta propia, sino que alguien lo privó de la vida de una u otra manera. Con matar, siempre existe un agente externo, aunque este agente sea la misma persona que sufre la acción: “Fulanito se mató” significa que Fulanito mismo se quitó la vida, accidental o voluntariamente (es decir, suicidándose).

Y, si los verbos españoles morir y matar significan cosas tan radicalmente distintas, aunque el resultado final de la acción que designan ambas palabras sea -repetimos- más o menos el mismo, ¿por qué se escriben con tanta frecuencia en los medios de comunicación y en los informes oficiales de ciertos gobiernos e instituciones nacionales e internacionales frases como “Casi el 70% de los muertos en Gaza son niños y mujeres” (Naciones Unidas, 30/ 10/ 2023), “Los muertos en Gaza desde el estallido de la guerra superan los 50.000 tras la reanudación de los bombardeos israelíes” (RTVE, 23 / 3/ 20025), “La cifra de muertos en Gaza supera los 54 .000 en medio de desplazamientos masivos y bloqueo sanitario por parte de Israel” (CNNChile, 27 / 5/ 2025). ¿Es que la ingente cantidad de niños, mujeres, ancianos y hombres que constituyen estas estadísticas siniestras ha dejado de existir por sí misma, a causa de una enfermedad o un accidente en la tranquilidad del hogar, el campo, el mar o cualquier circunstancia de la vida cotidiana, que es como solemos morir los humanos de forma natural? No, a esta pobre gente le ha quitado la vida alguien en concreto. Y no de manera accidental, sino de forma cruel, deliberada y con abuso de poder en una guerra desproporcionada.

Le ha quitado la vida alguien con nombre y apellido: le ha quitado la vida el ejército de Israel. Por tanto, dejemos de hablar de “los muertos en Gaza” y hablemos” de “los matados o asesinados en Gaza”. Mejor todavía: de “los matados o asesinados en Gaza por el ejército israelí”, porque, para que el verbo matar tenga sentido, tan importante como el complemento directo es el sujeto. Solo así daremos cuenta con el siempre “rebelde y mezquino idioma” de la masacre que se está perpetrándose ante los ojos de todos, sin que nadie mueva un solo dedo, en esta parte de un mundo que se nos va haciendo cada vez más pequeño, y podremos tomar conciencia de la atrocidad que el hecho implica. ¿Cuántos niños, mujeres, ancianos y hombres más hay que matar para despertar la compasión en el corazón de la gente? Lo que está sucediendo en Gaza no es un caso de muerte; es un caso de matanza, masacre o eliminación de un pueblo. Es decir, un caso de genocidio, como saben perfectamente incluso aquellos que justificaron la guerra cuando esta se presentaba como una operación de castigo contra el grupo de palestinos criminales que había también “matado” o “asesinado” no menos impunemente a 1.400 pacíficos judíos que disfrutaban despreocupadamente de un festival de música en los campos de su tierra y secuestrado a otros 240.

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