tribuna

Shakespeare en vivo

William Shakespeare expone magistralmente las dos formas de discurso político, que son las que más se han empleado en los debates públicos y en los modos mitineros de la comunicación. Son los alegatos de Bruto y de Marco Antonio en Julio César. El parlamento de Marco Antonio ante el cadáver, todavía caliente, utiliza la muletilla de que Bruto es un hombre de honor para desmontar, no sin ironía, las acusaciones de ambición de éste. Para ello enumera todas las acciones generosas dirigidas al pueblo romano del líder asesinado, como si estuviera reseñando la bondad de los logros económicos y sociales que hoy se exhiben en los parlamentos. Recurro a Shakespeare porque ahí se encierran todas las artimañas retóricas de la política. Qué mejor que echar mano del dramaturgo inglés para hacer imbatible un comentario. Así nadie podrá acusar de partidario a quien lo escribe. En el fondo, estamos hablando de teatro y de literatura. Bruto lo acusa de excesiva ambición, y esta es la justificación para que los miembros del senado lo apuñalen, en una decisión unánime. La defensa argumenta que solo César es capaz de traer el progreso a los ciudadanos. La historia de siempre. Pedro Cruz Villalón, que fue presidente del Tribunal Constitucional, trae a colación lo del honor de Bruto, empleado en la perorata de Marco Antonio, para interpretar el debate frente al recurso de la Ley de Amnistía, en referencia a la consideración de sus señorías de no entrar en los motivos que llevaron al legislador a aprobarla en sus términos, ni al extenso texto que opera como justificación de este acto aprobatorio. Aseguran que ese no es su cometido y en lugar de enfrentar el texto de la norma con el de la Constitución, se limitan a decir que no es interpretable, en su aspecto negativo, aquello que la ley no prohíbe. No pretendo convertir este artículo en un tostón jurídico, primero porque no entiendo de eso, y luego porque aburriría a los que tampoco entienden, y ninguno de los dos sabríamos por donde salir. Prefiero andar por los territorios del sentido común, que es donde tendremos más oportunidades de encontrarnos. Aquí se trata de dilucidar si la intención del legislador perseguía el interés general o solo satisfacer una necesidad muy localizada, más bien cercana al interés personal. Hoy habla de esta confusión entre lo nacional, lo partidario y lo personal, Fernando Onega en su artículo de La Vanguardia, y yo creo que es ahí donde se centra el debate de las circunstancias por las que estamos pasando, corrupción arriba o corrupción abajo. La auténtica corrupción política no es de carácter económico y no tiene nada que ver con el dinero. Se trata de otro tipo de robo, el que se lleva a cabo hurtando las voluntades de los ciudadanos por medio del fraude y la mentira. Para esto nos sirve echar mano, de vez en cuando, de William Shakespeare. Tampoco un poco de Cervantes nos vendría mal, que lo tenemos tan cercano.