tribuna

Hay marquesadas que matan

Por Marcial Morera.| Todas las palabras del mundo presentan una significación invariante, de naturaleza intuitiva e inconsciente; una significación denotativa, más o menos consciente, que surge por abstracción de las personas, los animales, las cosas, las cualidades o las acciones que designan; y una significación connotativa más lábil que las anteriores, constituida por las nociones de la más diversa condición que estas designaciones evocan. Y las tres son absolutamente imprescindibles para entender como la entendemos la realidad que nos rodea. Por eso, deben emplearse las palabras con el mayor respeto, o propiedad, como se dice en el argot de los lingüistas.

Así, la palabra noble, por ejemplo, presenta la significación básica o esencial que aventaja a los demás individuos de su clase en las cualidades que la caracterizan; la significación denotativa persona que por herencia o por concesión del soberano posee título de duque, marqués, conde, vizconde o barón; y significaciones connotativas diversas, como linaje, herencia, rentista, ocio, grandes fincas, castillos, palacios, teatros, torneos, caza mayor, banquetes, bailes de gala, lujo, nombres pomposos (Conde de la Vega Grande, Marquesa María del Pilar Díez de Rivera y Escrivá de Romaní…), extravagancia, etc. Por encima de todo, la nobleza española se ha caracterizado siempre por el desprecio al trabajo manual e intelectual y por el vivir aparencial y dogmático, no por el práctico. “Los ricos”, los llamaba Jorge Manrique en sus espléndidas Coplas a la muerte de su padre, oponiéndolos a los campesinos, comerciantes, sacerdotes, artesanos o artistas, “que viven por sus manos”. Hasta tal punto era consustancial la ociosidad a la nobleza, que cualquiera de sus miembros que cayera en “el vicio” de realizar alguna actividad mecánica, trabajar la tierra o dedicarse al comercio perdía automáticamente tal condición. Esta tendencia al dolce far niente de la aristocracia española fue la que indujo a la II República a abolirla, aunque el franquismo y la democracia la hayan rehabilitado posteriormente.

Por todo lo dicho, no deja de carecer de justificación el malestar que han despertado en parte de la ciudadanía los títulos de marqués de Llevant de Mallorca, marqués de Alfonsín, marqués del Castillo de Lerés, marquesa de Luz y Paz, marquesa del Valle de Alcudia y marquesa de Perales que acaba de conceder el rey Felipe VI al tenista Rafa Nadal, el abogado Jaime Alfonsín Alfonso, el bioquímico Carlos López Otín, la cantante Luz Casal, la fotógrafa Cristina García Rodero y la nadadora paralímpica Teresa Perales. En buena lógica lingüística, la palabra noble en el sentido que aquí nos ocupa no cuadra bien a los aludidos, simplemente porque, si bien es verdad que estos reúnen la condición de que aventaja a los demás individuos de su clase en sus cualidades que implica su significación fundamental, no menos verdad es que nada tienen que ver ni con la idea de persona hecha por el soberano, que implica su significación denotativa, ni con las ideas de ocio, herencia, linaje, castillos, palacios, torneos, caza mayor, lujo, nombres pomposos (el nombre Marqués Rafa, por ejemplo, tiene mucho de oxímoron), extravagancia, etc., que evocan su significación connotativa. No es, obviamente, que Nadal, Luz Casal y compañía no puedan ser marqueses. Pueden ser marqueses, duques, almirantes de la mar océana e incluso reyes; y no en el sentido metafórico, que ya lo son (al primero se le ha llegado a llamar rey de la tierra batida), sino en el recto. Lo que ocurre es que las palabras citadas no los definen con propiedad. Un tenista, un abogado, un científico, una cantante, una fotógrafa y una nadadora no pueden ser nobles en el sentido aristocrático del término (aunque sí en los otros, por supuesto), fundamentalmente porque no han vivido nunca de las rentas de los antepasados ni han obtenido sus méritos por gracia real, sino por su propio esfuerzo: es decir, por sus manos. Nadal, dándole magistralmente a la raqueta y ganando catorce títulos de Grand Slam; Alfonsín, maniobrando con discreción para sacar adelante casa del rey; López Otín, observando con atención moléculas a través del microscopio para secuenciar el genoma de la leucemia linfática, por ejemplo; Luz Casal, entonando baladas entre roqueras y pop para emocionar y consolar el corazón del pobre ser humano; Cristina García, accionando la cámara fotográfica en el momento oportuno para descubrir “lo misterioso, lo real y lo mágico del alma popular de España, con toda su pasión, amor, humor, ternura, odio y dolor”, y Teresa Perales, nadando como un pescado para demostrar al mundo que una discapacidad no constituye óbice alguno para alcanzar las metas que alcanzan aquellos que no la tienen. No, con estos currículos, no puede pertenecerse a la nobleza, a la clase que desdeña el trabajo manual e intelectual y vive de las rentas, sino al otro bando de la sociedad; al bando que se gana la vida con sus manos; al bando de los que trabajan duramente para conseguir los objetivos que se proponen.

El daño que ha hecho el rey de España obviando, pasando por alto o ignorando el valor verdadero de la palabra noble ha sido enorme. Primero, ha defraudado a la propia nobleza, introduciendo de rondón en ella a unos manifiestos plebeyos; todo lo famoso que se quiera, pero hijos del pueblo, al fin y al cabo. En segundo lugar, ha provocado un daño enorme a la reputación de los interesados. Y ello a pesar de que estos hayan aceptado regocijados tan glamuroso homenaje. Ya se sabe lo difícil que resulta a la gente sustraerse al halago de los poderosos. Pero esto no quita para que haya amores que matan, como lleva proclamando la sabiduría popular desde tiempos inmemoriales. Y, en tercer lugar, ha arrebatado seis héroes como castillos al pueblo llano, que ha tenido siempre a los homenajeados como modelo de esfuerzo y superación y que podría terminar viéndolos a partir de ahora como modelo de molicie y holgazanería.