Por Ana Orán García.| Nos hemos acostumbrado. Cada vez que aparece una noticia sobre una mujer agredida o asesinada, nos estremecemos unos minutos… y seguimos con nuestras vidas. Hemos normalizado lo insoportable. Leemos titulares que deberían paralizarnos y, sin embargo, pasamos página. Hasta la próxima. Pero cada caso deja una vida rota. Y cada silencio, una forma de complicidad.
Y no hablamos solo de una víctima. Cuando una mujer sufre violencia machista, el daño se extiende: vidas enteras quedan marcadas. Hijos e hijas que crecen entre el miedo y el silencio. Familias atravesadas por el dolor. Porque el machismo no destruye solo cuerpos: rompe vínculos, generaciones, futuros.
Cada semana conocemos nuevos casos de mujeres agredidas o asesinadas. La mayoría ni siquiera llega a ocupar titulares. Las historias se repiten: violencia que se ejerce sobre mujeres de todas las edades, condiciones y entornos. No son hechos aislados. Son parte de una cadena que no se rompe. El control, la impunidad, el machismo siguen vivos y se reproducen con inquietante normalidad, incluso entre quienes deberían haber crecido lejos de esos patrones.
El machismo ha existido siempre, alimentado por una sociedad patriarcal que ha tratado a las mujeres como propiedad o amenaza. Lo más alarmante es que, pese a décadas de lucha, esa violencia sigue viva entre la juventud. ¿Qué estamos haciendo mal para que se repitan los mismos patrones de abuso?
La raíz está en la educación. En casa, primero. En los colegios también, por supuesto. Y en los medios, la música, las redes, en lo que se permite o se calla. Incluso en el lenguaje. Un rótulo de televisión decía: ‘…a su chica’. Una frase aparentemente inocente, pero reveladora. El lenguaje importa. Decir ‘muere una mujer’ en vez de ‘la matan’ es ocultar a los culpables y disfrazar un asesinato.
Y luego están quienes niegan la violencia de género. Algunos se aferran a las denuncias falsas como si fueran la norma. Pero son mínimas. Ningún caso justifica poner en duda a todas las víctimas. Usar eso como excusa es irresponsable. Es alimentar el escepticismo y reforzar el miedo a denunciar.
No hay excusas. O se combate la violencia machista o se permite. Mientras callemos, seguirá habiendo agresores impunes. Nos matan. Y lo seguirán haciendo si no reaccionamos ya.
La indiferencia también mata.
