el revés y el derecho

Los tiempos dañinos de España

Juan Ruiz Cruz

Un mal universal, la maldad, que en el siglo XX causó dos guerras mundiales y en España generó su más terrible contienda, la que hubo entre españoles, hace rato que domina el mundo entero. En este instante de la historia ese mal regresa a mi país con toda la virulencia que cabe en la palabra maldad. España, pues, vive momentos raros, difíciles, dañinos. Ese malestar correoso y terrible recorre la espina dorsal del país y es, en este tiempo de sol implacable, una enorme rueda de fuego que mezcla con estupor el desencanto y el miedo que genera el odio.

Ese terrible enfrentamiento entre quienes vinieron y quienes no los quieren está representado aquí, en la peor de sus versiones, por la extrema derecha nacional, cuyos líderes lanzaron hace una semana una proclama que llenó de escalofrío el presente de los que vinieron a trabajar en España, donde muchos tienen su idioma y sus antepasados.

Vox, que es la representante principal de esta inquina, quiere que desaparezcan de la faz de España hasta ocho millones de emigrantes. Que se vayan a sus casas, que no los quieren, que los repudian, que son parte de la escoria que, dicen los que los ahuyentan, no tendría que haber pisado España, aquella que Franco llamó una grande y libre, cuando él mismo la había hecho más chica, más ruin, más perecedera.

No serían ocho mi veintiocho ni dos mil ocho: serían ocho millones de emigrantes. Se dice pronto cuando esa estadística no te roza. Millones de ellos ya forman parte del índice de los habitantes de España. Muchos son nuestros amigos, gran parte de ellos tienen el acento que trajeron, pero muchos tienen de antiguo un acento que yo también tengo: el acento suramericano.

Trabajan aquí, son residentes de pleno derecho, tienen hijos españoles, su pasaporte está en regla, son de aquí, como yo o como usted que quizá se está tentando la ropa para comprobar si es vigente su relación fraternal con España. Usted tiene su pasaporte en regla, su carné de identidad, pero puede llegar un día en que estos baluartes mentirosos de la patria le busquen para hacerlo regresar porque ellos, que muchas veces son también parte de los que vinieron, ya decidieron que era hora de que España se achicara.

Si tú eres emigrante en España y escuchas eso de la noche a la mañana es probable que tu espinazo sienta el dolor que acaso ya tuviste al irte un día de tu propia tierra. Muchos de mis antepasados se fueron a Venezuela, a Buenos Aires o a México, en épocas sucesivas de la emigración, y desde allí nos mandaron dinero o ropa, para que subsistiéramos en las hambrunas de las distintas épocas de nuestras vidas. En nombre de esa historia alzo mi grito en contra de los que, en este tiempo de España, enarbolan la bandera nacional como marca del odio con el que se traumatiza al emigrante.

Esa propuesta de los ocho millones de expulsados fue recibida con estupor por extranjeros que ya no lo son y por españoles que son amigos o parientes de aquellos a los que ahora les afecta este escalofrío. Gran parte de ellos, los que vinieron, los que nacieron de los que vinieron, cientos, millones, son ya una inmensa población que incluye a exiliados de las distintas guerras o debacles que han padecido aquí el destierro y que luego han encontrado la paz de respirar, con quienes los acogimos, el mismo aire que nos recibió cuando nosotros fuimos exiliados de otros mundos.

España es, siempre lo fue, un lugar de acogida, porque en un tiempo, los de sus guerras y sus hambrunas, fue sobre todo un país emigrante hasta en los tiempos de Franco, cuya guerra empobreció el país que el dictador quiso limpiar de rojos y de comunistas, a los que arrojó a las cárceles, cuando no a las tumbas que fueron las cunetas adonde arrojaron a los enemigos.

Esta última semana España ha vivido una nueva etapa de este solsticio sin sol que llena de agravio y temor al que puede ser expulsado de lo que aquí podría parecer todavía un paraíso. La voz que alienta su malestar es la que, desde Vox y desde medios masivos llenos de burleteros, reclaman la expulsión de todas las maneras posibles de la maldad, entre ellas el bulo, la insinuación falaz, la amenaza, el allanamiento de las casas o de las posesiones de aquellos que están aquí por trabajo o por la vida.

Esa persecución parece sacada de las órdenes que dan el presidente Trump y muchos de sus secuaces, en América y en el mundo. El propósito de acabar con los que no tienen los apellidos o los nombres de la patria impoluta forma parte de los argumentos tristes de los perseguidores. En todas las regiones de España, desde las más ricas a las más pobres, hay recién llegados o antiguos habitantes a los que nadie persiguió.
De pronto, ese trampismo que recorre el mundo entero abrió las puertas a la maldad que recorre el mundo y ahora España es, como lo ha sido en época tan reciente la América del Norte, uno de esos territorios en los que se grita contra el que vino y ya es de nuestra manera de estar y de vivir, en los autobuses o en las guaguas, en los boliches o en las tabernas, en los garitos mexicanos o en las muy diversas variantes del mundo en que ahora consiste España, aquel país que emigró y que (ojalá que para siempre) sea tierra feliz y plena de emigrados.

Mi país vive, ya les digo, momentos raros, difíciles, también dañinos. Esta semana se enarboló en Torre Pacheco, Murcia, la bandera de la expulsión del emigrante. Allí emigrantes que vienen del sur del mundo, de África a América, han sido acosados por la extrema derecha convencida de que España ha de limpiarse para siempre, para que reluzca, quizá, como en la era de los Reyes Católicos que mandaron a Colón a buscar las américas.
Con las peores armas que está en las manos de los que han elegido la expulsión como materia mayor de sus argumentos, han hecho estos salvadores mezquinos de la patria española una verja simbólica. Persiguiendo a quienes vinieron en su día para ser parte de quienes ayudaran en la cosecha y en la vida, han intensificado su rencor ultra. Los ultras han destrozado pertenencias de los que aquí llegaron en barcos indecisos o en carreteras oscuras que los llevaron al país del que quisieron ser.

Serán de este país, no los van a echar, pero el grito ahora es como aquel grito de Munch, incomprensible y duro, una lágrima terrible temiendo siempre que el país que parecía suyo ahora parezca propiedad privada de quienes creen que España es un fortín que destila el rencor de los que quieren volver a los tiempos del cólera que representó aquí, en este país en el que vivo, el dictador Francisco Franco, ahora celebrado como si hubiera sido una luz y no una hiel.